18 de noviembre de 2014

Roma, dos semanas (centro de gravedad permanente)

A pesar de la lluvia, me acerco hasta el Coliseo para contemplar su imponente, monumental y arruinada silueta, hecha mágica por los cientos de años que ha permanecido en pie y la barroca iluminación que la convierte en un juego de claroscuros románticos (romanticismo y barroco en una misma frase: evidentemente, debo repasar mis apuntes de literatura e historia del arte). El viejo edificio está ahora mismo lleno de andamios. Es un pato cojo. Como Obama. Como esta ciudad llena de historia que decae mecida en el sopor de sus glorias pasadas y el hedor de su caos presente, amada por todos por su belleza, pero abandonada por todos por su gusto por la tragedia y la desmesura, por su inevitable tendencia al drama y la locura.

Roma es como Ava Gadner en su declive. Una mujer a la que todos los hombres admiran y suspiran por tener una noche entre sus brazos, pero con la que pocos están dispuestos a comprometerse, pues temen ser arrastrados por los demonios que guardan la entrada del panteón de su belleza (y me vais perdonando la alegoría sexista).

Radiante pero sola, Roma se entrega a la dulce embriaguez del abandono y se vende a cualquier turista que paga el billete del bus turístico. O se deja engatusar por cualquier fotógrafo aficionado zalamero que le pide que pose para él abriéndose un poco el escote para mostrar algo más de su carne, que no de su alma, perdida hace tanto tiempo. 

Todo esto se ve claro en noches lluviosas como la de hoy. Nadie acude a contemplar la belleza ajada del Coliseo reflejada en el espejo recién pulido del maravilloso arco de Trajano. Roma llora ese abandono en silencio. El silencio que dejan los rudos tipos vestidos de soldados que amedrentan y casi chantajean a los turistas en sus alrededores, que desaparecieron hace horas. El silencio de las decenas de ¿bangladesíes? ¿pakistaníes? ¿srilankeses? que esta noche no venden ni punteros láser ni paraguas ni brazos extensibles para hacerse selfies con el móvil. 

Ese silencio, en el que casi puedo escuchar como se quema el papel de arroz que envuelve las hebras de tabaco de liar del cigarro que al mismo tiempo me envenena y me redime de la soledad, me deja espacio para pensar.

Hace dos semanas que llegué aquí. Dos semanas que, entre unas cosas y otras, han pasado como un tiro. Como al final pasó el año y medio largo vivido en Londres. Como pasa últimamente esta vida en la que no doy ni la talla del holandés errante que a veces pretendo encarnar ni del honorable padre de familiar que me tocaría ser de acuerdo con las estrechas reglas del juego de la muy noble y muy leal ciudad (Alfonso X el Sabio dixit, según parece ser) de la que provengo.

Hoy es un día especial. Es mi última noche en el hotel que me paga la agencia de Naciones Unidas para la que he venido a trabajar a Roma, el Fondo Internarcional para el Desarrollo Agrícola. Tal vez por eso tenía ganas de pasear solo y bajo la lluvia hasta esta vieja y bella ruina. Soy un sentimental miedoso y en quince días había hecho del repetido paseo hasta la estación de metro (aquí sí que "huele a podrido, carne de cañón y soledad", como decía el mejor Sabina) mi casa, mi rutina, mi círculo de comfort que de nuevo se rompe.

Pienso en que se termina mi idilio de turista con Roma. Mi deslumbramiento al ver por primera vez la Piazza Navona, las escaleras de la Plaza de España o el milagro en pie del Panteón. Mi asombro constante al descubrir rincones increíbles y desconocidos entre el Campo de las Flores y la Piazza Venezia. Y pienso que, desde mañana, no tendré más remedio que mirar a la cara a un país cuyas calles están llenas de mercadillos de inmigrantes, de gitanos pidiendo en el metro, de autobuses destartalados y vagones de metro pintados con grafitis poco agraciados. Un país tan bello como, en el fondo triste. Tan deseado como poco amado. Un país tan parecido y tan diferente al mío, que queda tan cerca y tan lejos.

Un país que, como yo y como mucha otra gente, lo único que busca es un centro de gravedad permanente.


También (y perdón por repetirme) un país de emigrantes. Un país en el que nadie sabe dónde puede terminar. O empezar.


2 de agosto de 2014

One: cumpleaños en la distancia

Hoy, un buen amigo, un gran amigo, de hecho, cumple años. Acabo de hablar con él por skype y la dulzura de hablar con él se mezcla con la amargura de estar lejos. De no poder participar hoy en la fiesta con otros buenos amigos. Se mezcla también con la evidencia -triste o no, evidencia al fin y al cabo- de que nos vamos haciendo mayores, de que los márgenes de error se estrechan y de que, a pesar de que a los cuarenta se supone que uno debiera más o menos saber qué quiere y qué puede hacer de y con su vida, a veces eso no está tan claro. Ya véis que hoy me ha dado por la melancolía.

El fin de semana pasado el panorama era muy distinto. Me escapé a Cornwall/Cornualles con una buena amiga y con otro compañero de viaje que se reveló como un cuerpo hasta cierto punto extraño. A estas horas, estaba disfrutando de una cerveza, viendo atardecer en la bella playa de Carbis Bay, mientras una voz dulce susurraba melancólicas canciones al micrófono de un restaurante a pie de mar. Vaya, se ve que hoy la melancolía lo tiñe todo.


Para completar el trío de amigos, esta mañana lei un mail de una amiga norteamericana que vive en España y que estaba en Francia, a punto de cruzar la frontera con Italia para iniciar sus vacaciones. Me enviaba una bella canción, una de las canciones de U2 -no puedo evitarlo, soy un antiguo- que más me gustan: One. En mi mail de respuesta le respondía que esa canción me recuerda lo difícil que a veces es tenerse en pie de forma coherente, no desparramarse en un remolino de dudas, angustias, incertidumbres, inseguridades, recuerdos de fracasos y miedos. Me recuerda también que el amor es difícil de encontrar. Es un nivel superior de la existencia al que cuesta acceder. Hay que andar, echar las manos para trepar, no desfallecer. Cuando uno llega a la cima, la recompensa es grande. Se siente todo el cuerpo tenso por el esfuerzo, la respiración cansada. Pero la vista de la vida desde allá arriba !es tan hermosa!

Aunque hace demasiado que no he pisado esa cima, no me rindo. Volveré a ella. Y la luz será más brillante, y el aire más puro. Mi respiración será menos agitada y mis noches estarán libres de sueños y presagios inquietantes.

Mientras ese momento llega, trato de que mi esfuerzo honesto sea también constante. Afortunadamente, en el camino me acompañan amigos que envían canciones, reciben y hacen llamadas y proponen excursiones  y otros artefactos con los que distraer melancolías y acallar perjudiciales humores.

Feliz cumpleaños, Jose. Aunque sea un coñazo hacerse mayores, es menos coñazo hacernos mayores juntos.



5 de junio de 2014

Corriendo en Hackney Downs


Este aspecto tenía en esta mañana soleada Hackney Downs, uno de los infinitos parques de Londres. Hacía sol y hasta calor, en esta primavera loca, pero realmente primaveral que estamos disfrutando en Londres. Espero que preceda a un verano igualmente verano como el que disfrutamos el año pasado en esta ciudad cada vez menos de exilio. Después de casi  16 meses de cohabitación (yo habito en Londres y Londres habita en mí; eso es cohabitación, ¿no?) ya casi me siento en casa.

Haciendo un descanso de la rutina casera y aprovechando el radiante sol, me he acercado a Hackney Downs, decía, a correr un poco. Ninguna hazaña. Media horita me basta para terminar exhausto y tener una buena excusa para estirar y noquedarme anquilosado. Pasados los cuarenta hay que hacer por cuidarse.

A veces, esto de estar en los parques da pie a encuentros singulares. Mientras estaba estirando, un tipo mitad amable vecino y mitad visionario se me ha acercado y me ha empezado a hablar del amor de Jesucristo. Le he dicho que yo creí en eso una vez, pero que ahora no sabría decirle, que más bien no. El tipo me ha instado a aceptar el desafío de confrontar mi vida con el modelo de vida de Jesús. No entraba en mis planes, de momento, pero, bueno, el futuro es un libro por escribir. Quién sabe.

Debía tener un aspecto muy desvalido esta mañana, porque poco después se me ha acercado una jovencita negra y me ha endilgado un folleto que, bajo la cautivadora frase de "Eres especial" contenía la invitación a pasarse por una de las muchas capillas de distintas confesiones protestantes que abundan en Hackney, el barrio en el que vivo.

En fin, tal vez esté recibiendo señales y no me entero. Quizá debo cambiar de estrategia vital. Pero como dice mi amiga Celia Zafra, a mí la estrategia se me da mal.

En fin, hacía mucho tiempo sin usar esta página en blanco. Y sé que me repito, porque creo que dije lo mismo la última vez que la use, hace más de 10 meses. Sí, el tiempo vuela. Estos diez meses han sido intensos. Los acontecimientos buenos y malos se han acumulaso y a veces uno sentía que apenas tenía tiempo para vivir. Yo he encontrado algo de tiempo y espero vivirlo bien, pese a todo. Pese a cualquier herida o melancolía tramposa e inútil, pese a cualquier intento de ataque del síndrome de Ulises. Pese a las ganas a veces irremediables de rendirse.

No, señor. No habrá ni retirada ni rendición. Lo dijo hace mucho el general Grant y lo repitió no hace tanto, con más lirismo, el jefe. Y, por el camino, seguiremos escribiendo. Porque -ya lo he dicho, ¿no?- el futuro es un libro por escribir.



2 de agosto de 2013

Desmentidos / señales de vida

¿Quién piensa en escribir cuándo el sol desmiente la idea del miserable verano inglés, te tienes que comprar pantalones cortos y sacas del armario las olvidadas chanclas y hasta hay tormentas casi tropicales en las lejanas latitudes del norte? Notas que tu corazón se mueve acompasada, humanamente mientras corres por Clissold Park y ves cómo los perros se lanzan como rayos fieramente vitales tras de un frisbee multicolor. En Broadway Market, la gente se divierte y los hipsters sueñan con comerse el mundo y a ti te hierve la sangre en las venas en medio de una danza aparentemente interminable de escotes, minifaldas y encajes que llaman al deseo que se concreta de camino a la casa conocida, en la suave noche, a través de London Fields.
Conoces la ciudad mientras la recorres buscando un nuevo sitio para vivir, lo que te desespera y te enerva, pero te hace sentir vivo al mismo tiempo. Odias y amas tu nueva lengua que todavía no dominas, luchas por persistir, forjas amistades. Todo bajo el sol nutritivo de un país que no es el tuyo, pero que en estos días luminosos sueñas con que lo sea. Comes y cenas en parques, restaurantes argentinos o vietnamitas, montas y bajas de autobuses, recibes visitas de viejos amigos y conocidos... Vives.
Si alguien pensaba que me había ido, lo desmiento. Si alguien pensaba que sólo puedo escribir post melancólicos lo desmiento. Si alguien pensaba que el verano no existía en esta dura tierra de Britania, lo desmiento también.
Hoy no hay canción de nadie más que de mí, porque mi canción es suficiente y me basta.

23 de junio de 2013

El miserable verano inglés

Había oído hablar de él, por supuesto. Pero es muy diferente escuchar que vivir. Hoy es 23 de junio y desde mi ventana se divisa un día desapacible. Un día casi de invierno. El cielo está completamente gris, es más que probable que llueva y el viento agita permanentemente las copas de los árboles que rodean mi casa. No es que sea un día particularmente malo. Ha sido así toda la semana. No he mirado la previsión del tiempo para la que viene, pero es bastante posible que el tiempo no cambie mucho.
En momentos así, me acuerdo de la risa de Chiara, una compañera de trabajo, cuando le dije que mi plan era no tomar unas vacaciones largas hasta septiembre u octubre porque así podría disfrutar del verano aquí. "Yo también hice eso mi primer verano en Londres", alcanzó a decir, antes de soltar una carcajada.
La belleza de esta ciudad es una belleza dura, como su clima. Como su gente. Incluso los ingleses más abiertos e internacionalistas que conozco están orgullosos de su peculiar manera de hacer las cosas. De su capacidad, a veces fronteriza con la arrogancia, de adaptarse a situaciones duras, de su estoicismo, de su flema.
Cuando llevas un tiempo viviendo aquí no te sorprende en absoluto. Nunca sabes cuándo vas a tener sol, cuando el tiempo te va a permitir relajarte tranquilamente en un parque, disfrutando del aire libre. Los nativos (y los no nativos camino de naturalizarse después de años viviendo aquí) aplican ese estoicismo del que hablaba y no renuncian a usar la manga corta o las sandalias, coger la bici, hacer barbacoas o cualquier otro tipo de cosas que en un país acostumbrando al sol y la buena temperatura nos parecen locuras.
Para gente como yo acostumbrada a latitudes más cálidas puede ser bastante deprimente. Sé de más de un caso de gente que no ha podido aguantarlo y se ha vuelto. No les critico. Más bien al contrario, tienen toda mi solidaridad.
Por otra parte, aunque los ingleses se resistan a reconocerlo y pongan al mal tiempo buena cara, a ellos también les pesa. Sus conversaciones están llenas de sarcásticas referencias metereológicas y sus vacaciones siempre buscan ese rayo de sol hua-co-co que ilumine un poquito su corazón. Se cuenta que incluso Alex Ferguson, el mítico entrenador del Manchester United, recién retirado, sometía a sus jugadores a sesiones de rayos uva para aumentar su tono vital y mejorar su rendimiento.
Aún con las cosas buenas que me van pasando aquí, que no son pocas, no puedo dejar de echar la vista atrás y sentir nostalgia cuando hablo con mi gente y me cuenta de las cosas, las personas y los lugares que identifico como míos. Hay ratos en los que estar sentado en una terraza en Toledo, Guadalajara o Madrid tomando una cerveza a las diez de la noche y sintiendo el alivio de una ligera brisa tras un día de calor me parece el mayor de los placeres imaginables.
Todo tiene sus pros y sus contras, claro. Así, el día en que una tarde de cielo despejado ilumina los normalmente grises y mustios edificios de esta incansable ciudad de comercio, dinero, almas rotas y vagabundos venidos desde los confines de todo el universo conocido, la alegría que sientes es difícilmente descriptible. Tomar una pinta sentado en las mesas exteriores de un pub apurando las horas de luz del verano te hace sentir en el paraíso. Ni siquiera importa si la conversación es buena o no. El simple hecho de estar allí te hace creer que es posible relajar los hombros, bajar las defensas y pensar que esta ciudad no es sólo un lugar de destierro, sino un sitio en el que poder construir una vida. En eso estamos.
Para cerrar este post os invito a escuchar algunas canciones que me acompañan estos días. Sé que me repito (en los post y en las canciones), pero me da absolutamente igual. Además, por supuesto, no tenéis ninguna obligación de oírlas.



13 de junio de 2013

Sangres


Londres es una ciudad de pulso acelerado. Tanto que no me deja tiempo para escribir. Bueno, puede que mi pereza también influya. Los días pasan y no encuentro el reposo mental necesario para sentarme delante del ordenador y escribir. Pasó mayo con su carga excesiva de trabajo y estudio. Pasó incluso una breve visita a España, más familiar que otra cosa y con poco tiempo para los amigos. Pero qué bueno es ver la sonrisa de los tuyos en directo. Más de un mes después, aquí me tenéis, sentado al teclado ante la página en blanco, intentando interpretar la melodía de mis incertidumbres, que no dejan de ser muchas.
Pero bueno, decía que Londres es una ciudad de pulso acelerado. Y me gusta pensar que lo es por la diversidad de las sangres que corren por sus venas nunca en reposo. Es una diversidad que asusta tanto como gratifica. Depende de si de ese día miras la vida como aventura o como tarea. Nunca deja de ser las dos cosas, claro.
Juego al fútbol con una panda en la que se mezclan, que yo sepa, ingleses, un francés de origen vietnamita, un sueco, un par de italianos, un sirio, un argelino, un español torpe (yo mismo, sí, lo habéis adivinado), un polaco y un bielorruso.
En mi curro -hablo sólo de mi departamento de comunicación- hay una inglesa hija de exiliados chilenos, una argentina, una belga hija de alemanes casada con un francés, una suiza casada con un americano, una libanesa con un novio español...
Diversidad es, sin duda, una palabra clave. Para no aburriros con más recuentos, os cuento simplemente lo que me sucedió el domingo. Quedé con un amigo medio español medio venezolano y fuimos a comer al South Bank, una zona totalmente renovada en la orilla sur del Támesis, con multitud de instituciones culturales (cines, teatros, salas de conciertos, restaurantes, etc...). Tras un sábado de sol y cierto calor, el domingo era un día gris y desapacible. 
Comimos en un restaurante oriental y empezamos a caminar hacia el oeste en busca de un café. Al pie del London Eye vimos un gran grupo de sijs, cuya intensidad fue aumentando hasta que en Whitehall, entre el ministerio de Defensa y el 10 de Downing Street (la residencia oficial del primer ministro) vimos una concentración de ellos pidiendo la liberación de un sij condenado a muerte (sé que un periodista debería dar más detalles, pero estaba de paseo dominical). Ante la falta evidente de cafés, seguimos caminando hacia Trafalgar Square. Delante de la National Gallery asomaban tres grandes cúpulas que, cuando nos acercamos, resultaron ser tres grandes carros de colores rodeados de Hare-Krishnas. Varios cientos de personas de diversa procedencia racial bailaban alrededor de ellos al ritmo de tambores, armonios, acordeones... Tan sólo un par de metros a su izquierda, un grupo de como medio centenar de personas sostenían banderas rojas con hoces y martillos y banderines con el retrato de quien me pareció ser Abdullah Ocalan, el histórico líder independentista turco-kurdo.
Todas las sangres todas, cantaba la vieja canción... Aquí hay muestras de un buen puñado de ellas.

5 de mayo de 2013

Volver a ¿casa?

El pasado fin de semana estuve en España. Era la primera vez que volvía a mi país después de mudarme a Londres para trabajar para Amnistía Internacional (ya sé que los que seguís este blog sabéis por qué estoy aquí, pero voy a hacerle un poco de publicidad a mi organización, que al fin y al cabo lucha por defender los derechos humanos). Fue un gran fin de semana, con boda y cumpleaños incluidos. Una oportunidad de comprobar que los afectos siguen intactos, que los amigos siguen siéndolo y que realmente existen, están allí y son algo más que mensajes enviados codificados en el código binario de la informática. No es que dudase de que fuera así, pero la fe crece cuando se ven los milagros.
La visita dejó en mi varias impresiones profundas. La primera fue la impresión de un país paralizado y triste. Cuando llegué a Barajas y salí de la zona de recogida de equipajes a las salas del aeropuerto sentí que el tiempo se había detenido. Como en esas películas en las que el protagonista puede parar el tiempo y sigue avanzando en medio de una multitud congelada. Además, hacía un día nublado y frío, más propio de Londres que de Madrid y se me ocurrió pensar que, maldita sea, Merkel se había llevado hasta el buen tiempo para hacernos pagar  por nuestro pecado de haber vivido por encima de nuestras posibilidades.
Me dije que sería algo puntual, pero, cuando salí de la boca del metro en Alonso Martínez, en el centro de Madrid, tuve la misma impresión. Menos gente que de costumbre en las calles del centro de la ciudad, y más triste. Puede ser que estuviese sugestionado, predispuesto a verlo así. No lo voy a negar, pero así lo viví y así lo cuento.
La segunda impresión profunda fue la alegría de volver a ver a Ángel, un colega al que quiero como un hermano, sentado en una de las mesas de El Bierzo, una casa de comidas en el centro de Madrid que desde que me la descubrieron unos ex compañeros de curro del Círculo de Bellas Artes (sí, sí, la publicidad continúa) se ha convertido en un lugar de culto para mí. Nada especial. Decoración años duros del franquismo, camareros veteranos con sorna veterana y seca amabilidad castellana y comida casera pero profundamente honesta, como gustan de decir los ingleses. Pero uno de esos lugares que, por la razón que sea, se quedan en tu vida como algo más que un sitio por el que pasaste una vez. La alegría de ver a Ángel era la alegría de volver a estar en casa. De pisar el territorio de los afectos profundos que había abandonado hacía un par de meses.
Esos afectos no faltaron a lo largo de los siguientes días. El fin de semana fue todo un baño en el aceite y el perfume de viejas amistades renovadas. Un baño sanador. Familia, viejos amigos de Guadalajara y de Madrid. Los viejos compañeros del tiempo del instituto reunidos para celebrar la felicidad de Garri. La extensa pandilla de Guadalajara reunida alegremente para celebrar los cumpleaños de Ángel y Susana, con la sorpresa de la llegada de Miguel, un gallego que vive en Toledo y, en el fondo, en su propio mundo de música y cine.
Tantas emociones se acumularon el domingo a la hora de despedirme de mi sobrino, al que quiero con toda mi alma porque, entre otras muchas cosas -todo el mundo lo dice y yo no lo niego, todo lo contrario- se parece mucho a mí. Física y -hasta el momento- psicológicamente. Es un tipo brillante (ejem) pero enormemente despistado. Curioso para lo que quiere y renuente a que le marquen la línea a seguir, testarudo, vacileta y predispuesto a creerse más listo que los demás.
En fin, que me voy por las ramas. Darle el beso de buenas noches el domingo, después de improvisar una accidentada historia de Londres, interrumpido constantemente por sus preguntas me costó un segundo ataque de tentativa de llanto, que reprimí porque todo el mundo sabe que los hombres no lloran.
Al día siguiente, todavía atontado por un madrugón Ryanair (sí, el servicio es una mierda, pero pocos pueden competir con sus precios), llegué a un Londres que me recibió con sol. Tal vez fue esa la razón por la que me pregunté si era en ese momento que estaba volviendo a casa, después de un fin de semana de lluvia y frío en España. Tal vez no. Tal vez es que esta ciudad empieza a ser un poco mi ciudad, mi casa. El caso es que la confusión de sentimientos me sorprendió gratamente. Pensé que iba a ser duro volver al exilio después de un fin de semana de interrupción. Y no ha sido para tanto.
Eso sí, el interrogante queda planteado. La próxima vez que vaya a España, ¿estaré yendo a o saliendo de casa? La próxima vez que regrese a Londres, ¿estaré volviendo de o regresando a casa? A lo mejor es más simple que todo eso. A lo mejor estoy simplemente viajando de mi primera a mi segunda casa. Espero que el orden de factores no afecte el producto, porque ahora mismo me cuesta poner un uno y un dos.
En cualquier caso, les dejo con un par de canciones sobre casas y hogares.


15 de abril de 2013

Winter is going

Ayer sentí la primavera. Tras un día dormitando en casa y tratando de estudiar algo -llegué a Londres arrastrando un Máster en Política y Democracia que ya sé que no terminaré este año-, la posibilidad de tomar una cerveza con una compañera de trabajo y una amiga suya en un pub no lejos de casa consiguió sacarme de casa.
Salir fue una decisión totalmente acertada. Una gloriosa batalla ganada a la pereza.
Pertrechado con mi juego de doble cazadoras que no me abandona desde que llegué -y que, a veces, me veo en la obligación de reforzar- me di cuenta con alegría de que me sobraba la mitad de la ropa. Aventurero de repente, no tomé el camino conocido, sino que dirigí mis pasos a través de las verdes praderas de Highbury Fields, uno de los numerosos parques que existen en lo que ya creo que puedo llamar "mi barrio" en Londres.
Un cálido y ya decadente sol teñía todo de una luz dorada y tan cálida como pueda serlo el abrazo de una madre a un niño de dos años. Y la realidad abrazada sonreía con la misma candidez que ese niño imaginario, y parecía que el mundo acababa de nacer. O que yo acababa de nacer y estaba descubriéndolo. De alguna manera, era así, porque esta ciudad se transforma con el sol. En el fondo, todas los hacen. Pero aquí el sol es tan escaso que hace la transformación incluso más grande. Así que estaba ante una ciudad nueva. Y ahora que esta ciudad es mi mundo, ante un mundo nuevo.
Mi primer paseo dominical con sol en Londres fue tan solitario como acompañado. De alguna manera, sentía que toda la vida que me rodeaba -personas que no conocía y que hablaban plácidamente por móvil sentadas en un banco mientras descansaban de su recorrido en bici; los y las corredoras y corredores que jadeaban mientras superaban sin problemas a un paseante distraído, absorto en lo que para él era un mundo nuevo; las ardillas que subían y bajaban a los árboles enfrente de mi casa, las parejas que paseaban tomadas de la mano (las más jóvenes) y las que observaban atentamente los dubitativos recorridos de sus niños (las algo más mayores)- se alegraba tanto como yo del hermoso día de primavera (¡por fin!) que Londres nos regalaba. Y que éramos como hermanos por un momento en esa alegría común.
Tras las colinas onduladas de verde resplandeciente, las vetustas casas (eduardianas, victorianas, qué se yo, todavía no he aprendido a distinguir los estilos arquitectónicos característicos de la ciudad) que normalmente parecen grises contenedores de tristeza eran de repente relucientes hogares rebosantes de buena voluntad y ganas de vivir. Los fumadores no se apretujaban debajo de escasas cornisas mirando al cielo y maldiciendo la nieve o la lluvia, sino que, en mangas de camisa o con leves cazadoras, exhibían su vicio en mitad de las aceras, sentados en grandes mesas de madera o hablando a voz en grito por el móvil.
Me acordé de Caetano Veloso y su canción Alegria, alegria y del verso en que se pregunta que quién puede leer noticias en un plácido domingo soleado. Yo decidí hacerle caso y no compré el periódico. Ninguna noticia me interesaba más ayer que la certeza (tal vez equivocada, es verdad, pero no menos sentida) de que el invierno comienza a decir adiós.
Les dejo con el maestro:

1 de abril de 2013

Frío

La última semana ha sido rica en acontecimientos, así que no estaba seguro acerca de qué título ponerle a esta entrada. Pero me he decidido por el de "Frío" porque creo que resume muy bien una buena parte de mi experiencia londinense. Alguien podrá pensar que algún lapsus freudiano ha influenciado el título y posiblemente tenga razón. No voy a discutir por eso.
Pero elementos subconscientes aparte, la verdad es que la temperatura media del casi mes y medio que llevo aquí apenas debe superar los tres grados. Y no poca parte del tiempo hemos estado a uno-dos bajo cero o uno-dos sobre cero. Poco más. Lo que uno tiene ganas de verdad es de hibernar. Salir a la calle supone un esfuerzo cuanto menos mental. Y hacer cosas que en otras latitudes parecen tan comunes como salir a correr o a pasear uno ni se las plantea.
Puede que la razón sea que soy, al fin y al cabo, latino y mediterráneo. A la mayoría de los aborígenes (aquí, claro, los ingleses lo son, aunque no creo que les gustase ser llamados así) no parece afectarles. He visto gente nadando en piscinas al aire libre a las ocho de la mañana, invitadas a bodas con los hombros y el escote expuestos al aire helador de la noche, gente corriendo en pantalón corto... No son naves ardiendo más allá de Orión pero, ciertamente, llaman la atención.
El caso es que la temperatura es la que es y yo no puedo hibernar. Tengo que trabajar y construirme una vida en la que también haya espacio para el ocio y la amistad. Así que, ahí me tenéis, jugando al fútbol y tomando pintas a dos bajo cero. ¡A mi edad...!
Sin embargo, hay cosas que hacen que la temperatura suba. Probablemente tiene que ver con que, según dicen, la percepción del frío y del calor tiene mucho de psicológica. Así que esta Semana Santa ha sido cálida para mí en Londres. Vino a verme mi familia en forma de hermana, cuñado y dos sobrinos.
Resulta "cool" decir que la familia es un coñazo. Y muchas veces, la verdad, lo es. Pero también es una tabla de salvación afectiva. Y más cuando estás lejos. Sabes que perteneces a algo. Algo difuso, tal vez, pero algo. Sabes que hay alguien que se preocupa por ti. A veces demasiado. A veces de forma un tanto castradora, vale. Pero se preocupa. Y cuando pasan varios días seguidos en los que uno se siente un extraterrestre venido a menos, o un astronauta olvidado, es bueno saber que allá lejos, en Houston, hay alguien revisando los controles. Si mandan una sonda espacial con comida (o con tabaco a precio razonable, como es mi caso), el acontecimiento resulta ser, aunque trivial para la Humanidad, de primera magnitud para ti.
Lo malo es que, cuando la sonda y su tripulación parten de nuevo, tienes que volver a los vicios solitarios del astronauta y, además, tiendes a compadecerte contemplando el vacío que te rodea, que es más vacío que antes, aunque sea el mismo. Es entonces cuando notas que la temperatura ha bajado. Los visitantes se han dejado la puerta de la estación espacial abierta, claro. Vas a cerrarla y te quedas mirando la estela de polvo que la sonda deja atrás en su camino de vuelta a la tierra, suspiras, respiras hondo y, sin que el comandante de la estación interestelar lo sepa, te enciendes un cigarrillo y, antes de cerrar definitivamente la puerta, te escapas al pub más cercano a echar una pinta y sentirte menos marciano mirando el último partido del domingo de la liga española de fútbol.

(Atardecer a las puertas del aeropuerto de Heathrow o, si queréis un título más poético, "Estampa de la melancolía")


23 de marzo de 2013

Perspectivas

Hoy desde mi ventana se divisa un pequeño parque nevado. Ha comenzado la primavera pero, según dice todo el mundo aquí, la verdadera primavera tarda en llegar. Sin embargo, en el parque, unas plantas parecidas a tulipanes (ignoro casi todo acerca de la floricultura) resisten los embates del frío. Esta es mi actual perspectiva. Una perspectiva muy diferente a la que tendría en Madrid, o en Guadalajara. Cuando voy en los llamativos autobuses de dos pisos que son marca distintiva de esta ciudad que ahora es mi casa, la perspectiva es también muy distinta. Más alta, claro, qué obviedad. Pero no es sólo una cuestión de física. Es también una cuestión de emociones.
A un mes de mi llegada, todavía estoy en una especie de limbo. Sé que ésta es mi ciudad (o lo va a ser por unos meses, cuando menos), pero todavía la miro desde fuera. Tal vez es la cuestión del idioma, pero no sólo. Son muchas las cosas que cambian, aún siendo básicamente las mismas. No sólo el paisaje, por supuesto. Son los usos, las costumbres. Y además de todo eso está, claro, la constancia de la lejanía de las que casi siempre han sido tus cosas de siempre.
Mirar desde fuera tiene su parte divertida. Es como si las cosas no fueran contigo. No del todo, al menos. Eso es lo que nos excita de los viajes. Ese poder que te dan para ser otro por unos días. Para pensar que es posible una vida diferente, lejos de los pesos que todos arrastramos en nuestra vida cotidiana. Así que aquí estoy, sintiéndome alegremente ligero. Como flotando, en cierto sentido. De alguna manera, soy como uno más de los copos de nieve que hoy han caído sobre la ciudad. Voy planeando sobre ella, sabiendo que es mi destino, que he de caer sobre su suelo y, más temprano que tarde, fundirme con él, pasar a formar parte de esta tierra.
Esta perspectiva alegre tiene también su reverso. A veces, a pesar de que la caída es plácida, no puedo evitar cierto sentimiento de vértigo. Entonces, me gustaría estar ya posado sólidamente sobre el suelo. En el fondo, me gustaría estar ya formando parte de otros suelos de los que he formado parte antes. Pero sé que no es posible. Soy sólo un copo de nieve que poco puede hacer por acelerar su caída o elegir el suelo sobre el que va a reposar (esto último suena demasiado a epitafio, qué horror, tengo que revisar mi tendencia al drama).
Al final, todo esto tiene mucho de juego divertido. Os dejo con una linda postal de un Londres nevado y con dos canciones de dos maestros. Dos canciones tan bellas como melancólicas, eso sí (hoy me dio por ahí: es una cuestión de perspectiva).




20 de marzo de 2013

Cumplemeses feliz (homenaje)

Hoy se cumple un mes de mi llegada a Londres. No me he parado a hacer balance de este mes, porque soy de ese tipo de personas que tiende a hacer balance constantemente de su posición en el mundo. Es una bendición cuando te va bien. Aunque suele ser bastante frustrante cuando la realidad te mira con cara de perro. De todas maneras, quitaros la sonrisa cínica de la cara, porque, sí, claro, lo voy a reconocer. Si me paro a escribir estas líneas es porque de alguna manera estoy haciendo balance. No pasa nada. Dejo de hacer balances como dejo de fumar: constantemente. Unas diez-quince veces por día. Hasta que comienzo a fumar un nuevo cigarrillo. O hacer un nuevo balance. Supongo que ambas cosas son un tipo de adicción.
Ya sabéis que me lío, así que no os sorprenderá para nada el anterior párrafo.
Pero bueno, más que hacer un recuento de cosas que tengo y de cosas que me faltan, o repasar los escasos días de sol y los muchos de viento, lluvia o nieve que han hecho de este mes pasado lo que viene a ser un mes pasado; es decir, un conjunto de horas y acontecimientos (otra vez me enredo...). En fin, que más que de recuentos, estas líneas quieren ser unas líneas de homenaje.
Homenaje porque a pesar de que me he venido aquí con un buen trabajo, con un comité de recepción más bien cálido y acogedor que otra cosa, en fin, con cierta seguridad mínima garantizada, la idea de cambiar de paisaje humano me excitaba a menudo, pero me acojonaba casi siempre. Sin embargo, en estos días me he encontrado con mucha gente valiente que vino aquí hace meses o años sin nada garantizado. Lanzándose a la pura aventura de tratar de encontrar una vida mejor, una vida nueva o simplemente una vida. Ya hablé de alguno de ellos antes en estas páginas sin papel (Jose, la limpiadora de mi hotel, algunos españoles que me encontré en una fiesta...) y podría citar más ejemplos. No lo voy a hacer.
Pero me los imagino a algunos de ellos a su mes de haber llegado a Londres, sentados en el borde de la cama de una casa compartida con otras cuatro o cinco personas, tal vez sin trabajo, tal vez preguntándose qué hacían en esta ciudad tan vibrante como devastadora, con toda su gente lejos, sin afectos o sin nadie con quien compartirlos...
Quizás me estoy poniendo demasiado melodramático. Es otro vicio, como el de fumar, como el de hacer balance. Todos tenemos nuestros vicios y los míos creo que no le hacen mal a nadie. Si acaso, a mí.
En cualquier caso, dejadme que me ponga como quiera y que pida un deseo mientras soplo mi velita imaginaria sobre el pastel imaginario que tengo delante de mí. Dicen que los deseos se tienen que mantener en secreto para que se cumplan. Pero como en el fondo soy un exhibicionista (otro vicio más, ya lo sé), lo voy a compartir con vosotros: quiero llegar a sentirme parte de esta ciudad sin dejar de sentirme parte de todos los demás sitios en donde he vivido. Ojalá que se cumpla. Para mí y para todos mis compañeros.
Y ahora, a disfrutar de la música y, por supuesto, del último cigarrito antes de irme a dormir.



(No, no es un error. La canción habla de otra ciudad, pero de los mismos sentimientos. Reparad sobre todo en la frase: "I wanna be a part of it". En cualquier caso, es una gran canción y la canta un tipo todavía más vicioso que yo -cosa nada difícil, por otra parte. En fin: ¡salud!))

18 de marzo de 2013

La gente / tu gente (distancia física/distancia emocional)

Ayer salí a una fiesta. Era una fiesta en un club de Londres, en la City, justo detrás de la catedral de San Pablo. En casi un mes que llevo en esta ciudad no había pasado por esa zona y me alegré. La catedral, iluminada, lucía espectacular en medio de la noche desapacible de este largo invierno londinense. El club estaba bien. Había bastante buen ambiente y la música, para aquellos a los que además del rock and roll nos gustan los sonidos de otras latitudes, no estaba mal. Estaba bien acompañado. Tres simpáticas compañeras de trabajo que tuvieron la amabilidad de hacerme partícipe de su convocatoria y una amiga de una de ellas. Conversamos -evidentemente, buena parte del tiempo sobre el curro; la otra sobre cómo se sentía un recién llegado como yo- y, cuando la cosa se fue animando, estuvimos bailando un buen rato. En suma, una noche nada loca pero bastante agradable. Nada puedo reprocharles a Tamaryn, Cote y Jose. Sin embargo, experimenté un cierto sentimiento de pérdida (por favor, chicas, si por casualidad leen esto no dejen de invitarme la próxima vez, no se ofendan). No estaba con mi gente. Espero que dentro de unos meses a algunas de ellas y de otros y otras compañeros de trabajo los pueda llamar amigos. Ahora, todavía no lo son. 
Esta mañana estuve hablando con Marta, una amiga de mi ciudad natal, Guadalajara. Yo le contaba del paisaje invernal de árboles y humo de chimeneas que se ve desde la ventana del salón y ella me contaba de la enorme extensión de sabana que se ve desde la Casa do Gaiato (algo así como el orfanato) de Massaca, un lugar perdido en la montaña, en algún lugar entre Maputo, la capital de Mozambique, y la frontera de Suráfrica. Ella está allí haciendo trabajo voluntario por cuatro meses. Da clases de teatro, cuenta cuentos, apoya a algunos de los chavales con sus estudios... Es una artista y va a hacer que esos chavales valoren el arte, estoy seguro de ello. Estábamos a miles de kilómetros y, sin embargo, estábamos muy cerca. Ella sí es mi gente.
También lo es Yolanda que, recién levantada, se veía preciosamente pixelada en la pantalla del ordenador. Y mi hermano de sangre Miguel, con quien hablaba ayer por skype, siempre despeinado. Y su chica María. Y Maco, Jorge y Javi, con los que sólo pude chatear por whastaap y facebook. Y Ángel, otro hermano que hoy me contaba a través de los milagros de las comunicaciones que está descansando unos días en Suances.
Por supuesto, también es mi gente mi madre, cuya temblorosa voz en el teléfono siempre me enternece. Y mis sobrinos sacándome la lengua y mi hermana y mi cuñado con cara de ejecutar un laborioso plan al otro lado de los bits mientras buscábamos entre los dos un hotel para su inminente visita a la ex capital del Imperio.
Los exilios de cualquier tipo sirven cuanto menos para demostrar definitivamente que la distancias emocionales y físicas no se corresponden.


(La canción es de Dylan, aunque la cante -extraordinariamente bien, por otra parte- la poco apreciada Miley Cirus)

10 de marzo de 2013

Las primeras veces

Llegar a un país nuevo supone enfrentarse a nuevas cosas. Obvio. Estos primeros días en Londres han estado llenos de ellas.
Ayer, por ejemplo, hice mi primera compra de equipamiento casero por Internet. Hace poco menos de una semana que me trasladé a una casa en el barrio de Highbury, en el norte de Londres, a unos 20 minutos de autobús del Secretariado Internacional de Amnistía Internacional (sí, ya sé que resulta cacofónico), en donde trabajo. Es una casa situada al lado de Clissold Park, uno de los numerosos espacios verdes de la ciudad, que comparto con una chica turca llamada Tulay. No la conozco de nada, pero el día en que vine a ver la habitación que ofrecía para compartir nos caímos bien. La casa me gustó y compañeros de trabajo me dijeron que la relación situación-precio era buena, así que me dije que por qué no probar a hacer de este mi primer hogar londinense y, hasta el momento, la casa va bien.
Como siempre, me despisto. En fin, el caso es que en una nueva casa (creedme que de esto sé un rato), por muy temporal que sea, se necesitan cosas. De momento, no muchas. Unas perchas, unas sábanas, unas toallas... En Londres, una manera muy popular de adquirir ese menaje básico es a través de Argos, una especie de Ikea más popular. La gente va a la tienda, se mira el pedazo de catálogo que tienen (casi 2.000 páginas y no tan glamouroso como el de Ikea, más bien al estilo del siempre añorado Discoplay), hace un pedido y a la hora y media se lo sirven. O, para adelantar tiempo, hace el pedido por Internet y va allí a recogerlo. Tan aséptico como práctico. Así que aquí tengo mis toallas casi trasparentes, mis perchas, mis sábanas y mis almohadas. Todo por el módico precio de unas 25 libras (unos 30 pavos). Nada de lo que presumir ante las visitas, claro. Pero sí unas cuantas cosas útiles para seguir adelante.
Hace más días que compré la Oyster, la tarjeta que te sirve para que el transporte público te cueste la mitad (y que no deja de hacer que moverse por Londres siga siendo caro, aunque tal y cómo se ha puesto la cosa en Madrid, la diferencia se ha acortado mucho). También me hice con un número de móvil inglés y, como siempre, tuve que navegar entre la variedad de compañías y ofertas hasta dar con la que me convenía. Esto del móvil es sin embargo más barato. Por 10 libras puedes tener un plan pay-as-you-go que te cubre todas las necesidades básicas. O puede ser que no tenga tanta gente a la que llamar en esta ciudad. A lo mejor va a ser eso.
He probado también en un par de ocasiones los fabulosos taxis Rolls Royce y en más ocasiones algo de la increíble variedad de cervezas que ofrece la ciudad. Hoy estuve comiendo, también por primera vez, con un amigo hispano-argentino en un pub japonés, el Akari. Básicamente, el típico pub inglés con su maderita, su aire antiguo, su luz amortiguada pero con sus cocineros nipones (o asiáticos, al menos), su sushi, su sachimi, su tempura y... su cerveza japonesa.
Ésa es otra cosa de la que hablaré otro día: la increíble diversidad de Londres. Sí, ya sé que en Lavapiés también hay diversidad. Pero no como aquí, creedme. Y bien, es cierto que tampoco estoy descubriendo América con esto. Pero este blog es para hablar de lo que me da la gana.
Hablando de lo que me da la gana, hoy me golpeó fuerte una canción de Vetusta Morla. Habla de sitios a los que llegar y de los que irse, de huidas, aeropuertos y espejos. Y dice: "nunca se sabe dónde puedes terminar... o empezar". Yo sé que estoy empezando, pero posiblemente este comienzo sea también un final. No, no penséis mal. Simplemente es que con mi amigo hispano-argentino estuvimos hablando de cómo duele, incluso en la distancia, nuestro país. Y uno se pregunta si alguna vez será posible volver a él.
En fin, ellos lo cantan mucho mejor que yo:


Pero no he terminado. Me he dado cuenta del decisivo toque de melancolía que al final impregna este post. Y no me parece justo. Ni con cómo Londres me está tratando ni con cómo me siento yo. Así que, volviendo al tema de las primeras veces, el viernes estuve por primera vez en el increíble centro cultural del South Banks, al lado del puente de Waterloo. Una compañera de trabajo me sugirió ir a un concierto de Fatoumata Diawara y de la increíble Angelique Kidjo, una de las divas de la música africana y yo acepté. En el transcurso del concierto, Angelique Kidjo dijo que la vida siempre hay que celebrarla. Y, coherente con su discurso, se marcó una memorable versión del Pata-Pata, canción que otra diva de la música africana, Miriam Makeba (una mujer increíble que murió en el escenario), hizo inmortal hace ya muchos años.
Ahí va. Para celebrar.


3 de marzo de 2013

Exilios

Hace mucho tiempo ya que no veía el blanco de la plantilla sobre la que escribo ahora. Más de dos meses sin tocar este blog que no aspira a otra cosa que dejar testimonio de mis atinados o desatinados pensamientos. Ha sido un tiempo de cambios acelerados en un año de cambios radicales en el largo y sinuoso recorrido que seguimos las que un gran amigo gusta de llamar personas curvas.
No, no me embarga la tristeza. Pueda que sienta un poco de melancolía, eso sí. Escribo desde el frío y nublado Londres, en donde vivo desde hace ya casi dos semanas y que será mi ciudad por cerca de un año al menos.
El pasado mes de diciembre, en paralelo al inminente fin de mi contrato con Amnistía Internacional España, el Secretariado Internacional de esta organización de lucha por los derechos humanos convocó una plaza en su oficina de prensa para cubrir el área de América Latina. Y aquí estoy.
Los días que llevo aquí han sido tan ajetreados que sólo ayer me golpeó la nostalgia. Ayer y quizás hoy. He pasado el día en el hotel para descansar, hablar con familia y amigos (qué gran invento Skype), escribir... En suma, digerir un poco lo que ha pasado a lo largo de esta ya casi quincena londinense.
No voy a contar todas mis idas y venidas. Los que tienen que saber de ellas ya las conocen. Pero sí que quería hablar de una palabra: exilio. Una palabra bastante presente en mi vida últimamente, a veces de forma inconsciente.
Ayer la citó Luisa, una abogada que es amiga de una gran amiga española y que vive en Londres desde hace tres años. Trabaja para la OSPAR, una organización cercana al sistema de Naciones Unidas que se ocupa de la protección del medio marítimo del Atlántico del Noreste. La conocí a ella y a su marido Alfredo ayer. Me citaron para almorzar en un bonito pub de Kensington llamado Britannia. Después de las presentaciones hablamos, más que nada, de la situación que atraviesa España. En un momento dado, Luisa dijo: "podríamos estar en un café de exiliados españoles en México en los años cuarenta, hablando de cómo y cuándo Franco va a caer".
Por la noche, en un ambiente muy diferente, volví a pensar en la palabra. Olof, un compañero de trabajo sueco, me invitó a una fiesta en el piso de una chica española que conoce. La nutrida asistencia pertenecía a una tribu bastante internacional de jóvenes profesionales entre los que había muchos españoles. Nadie dijo nada (entre otras cosas, cuando llegamos la gente -y nosotros- ya llevábamos varias cervezas encima y no era cuestión de dedicarse a la filosofía sociológica de segunda fila), pero el sentimiento de exilio estaba muy presente. Los españoles tampoco necesitamos muchas excusas para hacer una fiesta. Pero se notaba una cierta necesidad de unión, una cierta solidaridad de desconocidos que tienen sus conocidos en la distancia, un impulso hacia una compasión bien entendida y una disposición a convertir soledades mutuas en compañía. Claro que a lo mejor todo ello tiene que ver con las cervezas que tomamos.
El exilio, la sensación de haber sido expulsado es el sentimiento con el que vive José, un conocido medio español medio venezolano con el que me cité hace una semana. José era un muy reputado profesional del marketing al que la crisis le pilló a contrapié, intentando levantar un proyecto profesional arriesgado. Ahora está trabajando aquí en lo que él llama mierdi-curros, esperando que llegue su hora, que no tengo duda de que llegará. En España no encontraba ni eso.
Es también el sentimiento con el que seguramente vive la mujer saotomense que estaba esta mañana haciendo las habitaciones del hotel. Yo le dije que no hacía falta que hiciese la mía en inglés, pero no me comprendió y me respondió en francés. Cuando le pregunté de dónde era y me dijo que de Santo Tomé empecé a hablarle en portugués y me confesó que apenas habla inglés. "Pero hay que trabajar para ganarse la vida y aquí estoy".
No son historias extraordinarias. Es la historia de todos los inmigrantes y exiliados del mundo. Una categoría a la que, aunque es verdad que permaneciendo en el lado soleado de la carretera, ahora pertenezco. Son las historias que me han rodeado -en parte- estos días de Londres. Mis primeros días de exilio. Un exilio muy amable, como prueba en parte la foto de la amplia habitación de hotel que está siendo mi casa en esta quincena.


En fin, les dejo con el León de Belfast:

26 de diciembre de 2012

De fantasmas y de Europa

Casi todo el mundo conoce esa frase maestra de la propaganda política: "Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo". Así comenzaban Karl Marx y Friedrich Engels el texto del Manifiesto Comunista, un breve opúsculo de poco más de 20 páginas en el que exponían los puntos claves del programa de la Liga de los Justos o Liga de los Comunistas, una asociación de pequeños artesanos alemanes que fue uno de los gérmenes de la Asociación Internacional de Trabajadores y de todo el movimiento obrero de la segunda mitad del siglo XIX y del siglo XX.



El Manifiesto es casi una obra de juventud de Marx/Engels. Lo escribieron con 30 años en vísperas de la oleada revolucionaria que sacudió Europa en 1848. Un texto en el que, como introducción de todo lo que vendría después, Marx y Engels desarrollan el principio del materialismo histórico (básicamente: las condiciones en las que una sociedad produce lo que necesita para sobrevivir determinan cómo se estructura esa sociedad -fundamentalmente: quién ejerce el poder y se convierte en clase dominante y quién lo sufre y se convierte en clase dominada- y las razones morales, éticas, religiosas, etc. que se emplean para justificar este statuo quo).
El Manifiesto es un texto con más de 160 años de antigüedad. Sin embargo, asombra que, al leerlo, alguna de sus frases resulten sorprendentemente actuales. Ved si no:

"La moderna sociedad burguesa... no ha abolido las contradicciones de clase".

"El poder estatal moderno no es más que una junta administradora que gestiona los negocios comunes de toda la clase burguesa"


"(La burguesía) ha disuelto la dignidad humana en el valor de cambio".


"La burguesía obliga a todas las naciones a apropiarse del modo de producción burgués si no quieren sucumbir".


"La moderna sociedad burguesa, que tan espectaculares medios de producción y comunicación se ha sacado del sombrero, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias subterráneas que él mismo ha conjurado".


"En las crisis se desata una epidemia social que en todas las épocas anteriores hubiese aparecido como algo absurdo, la epidemia de la sobreproducción".


"(la sociedad burguesa) posee demasiada civilización, demasiadas provisiones, demasiada industria, demasiado comercio".


"Las clases intermedias hasta ahora existentes... caen en el proletariado".

Creo que la relación entre estas frases escritas en 1848 y nuestra realidad actual es evidente, por lo que no voy a detenerme a desmenuzar esa relación. Sin embargo, si que voy a permitirme -perdón por la chulería- corregir en un punto a Marx y Engels: hoy no es un fantasma el que recorre Europa, sino muchos.
Tenemos, en primer lugar, el fantasma del Estado del Bienestar, esa aspiración, ahora parece que descartada casi definitivamente, de que era posible un cierto capitalismo con rostro humano (eso sí, sólo para una minoría privilegiada de la humanidad). De la mano con ese fantasma va el de la creencia en unos derechos humanos en expansión, cada vez más respetados y reconocidos. Junto a esos dos camina el espectro de la idea de progreso y de crecimiento económico ilimitado. Penando detrás de todos ellos marcha el fantasma de la propia idea de Europa.



La vieja dama ha vuelto a ser raptada, y lleva sus ropas manchadas de sangre, porque ha sido violada y golpeada por todos aquellos que se supone que debían defenderla. Sus guardias de honor la han traicionado y han hecho de la política una subasta de favores a lobbies empresariales; de la idea de ciudadanía una máscara que no tapa la realidad de despidos masivos para engordar cuentas de beneficios de grandes bancos o de funcionarios dimitidos para ajustar presupuestos deficitarios a la supuesta ortodoxia económica; de la aspiración al cumplimiento de los derechos humanos un barniz hipócrita para una diplomacia que no hace nunca nada, no asume riesgos y da carta de legitimidad a comercios más que sospechosos con países y personas más que dudosos.
Con todo lo pavorosas que puedan resultar estas apariciones, es peor la procesión innumerable de horrorosos espectros que les siguen. Es una mezcla abigarrada y original, sin duda. Pero igualmente aterradora. En ella encontramos a desahuciados suicidas, inmigrantes ahogados en el Mediterráneo, adolescentes congoleños asesinados con armas fabricadas en Gran Bretaña, Francia y Alemania, enfermos crónicos a los que no cubría la sanidad pública...
Tal vez esta descripción de Europa y sus fantasmas sea un tanto demagógica. Me alegraría mucho si así fuera.
En fin, os dejo con el fantasma de Marx.




22 de diciembre de 2012

Aleksei Sokolov - un rebelde imprescindible que cuida de la alegría del mundo con su decoro

Albert Camus explica, en su maravilloso ensayo El hombre rebelde que un rebelde es alguien que dice "no". Pero no todo el que dice "no" es un verdadero rebelde. El verdadero rebelde dice "no" para decir "sí". Niega una realidad para afirmar un bien mayor. Dice no, por ejemplo, a las violaciones de los derechos humanos en las prisiones rusas para decir sí a la dignidad que tienen los presos rusos. La dignidad inherente a todas las personas. En un momento comprenderéis el por qué de este ejemplo.
Una de las más conocidas frases de Bertold Brecht es la que dice: "Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles".
No tan conocida como ésta, hay una frase de Caetano Veloso en la canción Podres Poderes (Poderes podridos) que ya he citado en este blog y que habla de aquellos "que cuidan de la alegría del mundo".
Para terminar con la introducción pedante, me voy a dar el lujazo de citar al padre de la patria cubana. José Martí, además de un luchador por la libertad de Cuba fue un gran poeta y un notabilísimo prosista. Uno de sus empeños más memorables fue La edad de oro, una revista dirigida a los niños. En su primer número, en un artículo dedicado a glosar la figura de Bolívar, San Martín e Hidalgo, los héroes de la independencia de América Latina, escribía sobre la luz y el decoro en estos términos: 
"Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados".


En fin, como ya os habéis dado cuenta, este post va para largo. Posiblemente os estáis preguntando a santo de qué viene mezclar citas de un filósofo existencialista francés, del pope del teatro de vanguardia alemán de los años veinte, de un cantautor brasileño y un poeta cubano considerado el apóstol de la independencia de su país. 
Pero creo que todo tiene un sentido. Con las cuatro citas he querido rendir homenaje y explicaros los sentimientos que despiertan en mí gentes como Aleksei Sokolov, a quien he tenido el privilegio de tratar a lo largo de los quince días que ha pasado en España invitado por Amnistía Internacional.
Aleksei es lo que en Amnistía Internacional llaman un defensor de los derechos humanos. Es el director de una organización que trabaja en favor de los presos y ex presos en la región de los Urales, en el corazón de la Federación Rusa. La organización se llama Pravovaia Osnova (Base Legal) y presta asistencia social y jurídica a presidiarios y ex presidiarios. Como parte de ese trabajo, denuncia las constantes violaciones de los derechos humanos de las personas que están en prisión. Así las resumía Aleksei en el curso de una entrevista:
"En las prisiones rusas se quiere matar todo lo humano de las personas para que se conviertan en esclavos controlables. Los problemas principales son la impunidad de los carceleros, la ignorancia de las reclamaciones de los prisioneros y el maltrato a base de palizas con palos, con patadas, con botellas de plástico llenas de agua para que no queden huellas. En la mayoría de las prisiones, los carceleros piden dinero a los prisioneros por todo tipo de cosas: para obtener la libertad condicional, o para que no te golpeen. La corrupción está muy presente en los centros penitenciarios. Todo tiene que ver con los sobornos". 

Hablar de este tipo de cosas en Rusia no sale gratis. Aleksei ha sufrido hostigamiento por parte de las autoridades, que le han confiscado bienes, amenazado, ofrecido sobornos y hasta inventado acusaciones contra él para hacerle pasar tiempo en la cárcel y desacreditar su trabajo. Él me contaba así la secuencia de hechos que, en 2009, acabó llevándole a la cárcel:
"Cuando en 2008, el presidente Medveded aprobó la ley de control sobre los centros penitenciarios yo solicité ser miembro de la comisión pública de control de los centros penitenciarios de la región de Sverdlosk. Después de conseguirlo, comencé a visitarlos. Todo lo que veía en las cárceles lo hacía público. Preguntaba acerca de dónde iba a parar todo el dinero del presupuesto que tenía que dedicarse a obras en las prisiones y a comprar productos para los presos".
Las autoridades de la región estaban muy descontentas con esto. Al final, me detuvieron en mayo de 2009. Poco antes, un alto funcionario del gobierno regional me había intentado sobornar para que dejase de hablar y hacer preguntas incómodas. Yo me negué y él me amenazó con la cárcel. Pasado un mes, estaba en prisión".
Cuando me detuvieron, llevaba en brazos a mi hija de dos años. Ni me di cuenta de quiénes eran las personas que se me acercaron. No sé identificaron en ningún momento. Cuando me apartaron de mi niña, yo empecé a forcejear para protegerla. Eso fue luego calificado de agresión en contra de la policía".
(En una charla en Guadalajara que también tuve la suerte de compartir con él, Sokolov, haciendo una pausa en medio del dramático relato de estos hechos, contaba cómo su niña de dos años mordió a uno de los agentes en un dedo durante el forcejeo y cómo este hecho se utilizó de base para la acusación de agresión. Divertido, Sokolov aseguraba: “evidentemente, los forenses determinaron que no había sido yo quien había mordido al policía”. Los allí presentes no pudimos evitar dejar escapar una carcajada).
Me llevaron a la comisaría y me acusaron de un crimen que supuestamente había cometido hace cinco años. Me ofrecieron que reconociera mi crimen y que me dejarían ir. Lo rechacé. Entonces me procesaron. El juicio se basó en declaraciones de presos. No se presentó ninguna prueba. Pasé en la cárcel dos años y cuatro meses".


Impresionado por el relato, pese a que ya conocía de antemano la historia, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle, como algo casi evidente:
-Después de pasar por la cárcel, ¿no hubiera sido más fácil abandonar? ¿Por qué has seguido tu trabajo de defensa de los derechos humanos de los presos?
-Bueno, alguien tiene que ocuparse de estos asuntos en Rusia- contestó Sokolov con pasmosa tranquilidad.

Esto es lo que más me ha impactado de Aleksei durante los ratos en que le he tratado. Más allá de sus méritos como defensor de los derechos humanos, creo que su testimonio atesora una lección mayor. Él es un tipo que está amenazado, que ha sido maltratado en prisión, que afronta día a día un trabajo duro, una pelea ingrata en un país en él que -él mismo lo dice- la libertad, la democracia y los derechos humanos tardarán por lo menos una generación más en consolidarse.
Sin embargo, a mí y a todos los que le hemos tratado estos día, Aleksei nos ha infundido alegría. Sonriente, nunca decía que no a una charla con activistas o a una entrevista. Curioso, en lugar de aprovechar ratos de inactividad para descansar pedía que le lleváramos a dar paseos por Madrid. Sereno, habla del dolor, de las escenas de crimen y castigo que  hoy por hoy dominan la vida rusa con tranquilidad.
No se siente imprescindible, sino parte de una maquinaria vital que acabará por traer a su país un sistema más justo y humano. Sin embargo, Aleksei es imprescindible. Es un rebelde imprescindible. Un rebelde imprescindible que dedica su vida a cuidar de que en el mundo se expandan las fronteras de la alegría y el decoro.
Sin duda, es un gran honor y un privilegio haberle conocido.





En fin, os dejo con otras rebeldes rusas: las Pussy Riot. Dos de ellas siguen en prisión y deben ser liberadas cuanto antes. Pero bueno, ésa es otra historia (y, al mismo tiempo, la misma).