Hace un rato acabo de cerrar la inscripción en el concurso Ojo de pez, organizado por la revista homónima del complejo cultural-industrial de La Fábrica. Se trata de un concurso centrado en el tema de fotografía documental social. Comparto con vosotros las fotos enviadas (algunas ya las habréis visto en este blog, aunque sin el tratamiento de blanco y negro) y el texto justificativo de la selección:
Hace poco alguien me hizo una interesante reflexión: la primera vez que, hace miles de años, un ser humano vio su rostro fue, bien en un reflejo de un cauce de agua, bien en la pupila de otro ser humano. No soy un experto en evolución humana. Quizá sea por eso que esta segunda opción me parece tan improbable como sugerente. Les explicaré por qué.
Hace casi 20 años que salí por primera vez de España, con destino a Brasil. Desde entonces, he aprendido mucho de mí mismo en mis viajes. Decir he aprendido mucho de mí mismo vale tanto como decir que he aprendido mucho de la vida, pues creo que vida y persona se comprenden de forma inseparable. Al final, la vida va de descubrir quién es uno mismo y por qué cree que vale la pena estar y seguir aquí. Y descubrir eso es descubrir qué es la vida y por qué merece la pena vivirla.
En ese doble camino, los demás son pieza imprescindible. Nos encontramos con ellos, les esquivamos o entramos en comunión, aprendemos o desaprendemos con ellos y por ellos. Su mirada nos ayuda a descubrir quiénes somos y nuestras miradas les ayudan a descubrir quiénes son. No es una ayuda directa. Es una ayuda hecha, fundamentalmente, de interrogaciones y sobreentendidos. La mirada de la gente nos pregunta quién nos hemos creído que somos o qué pretendemos. Nos revela en un gesto de admiración que hemos hecho algo de valor o condena nuestra actitud cuando herimos y defraudamos. Muestra curiosidad o desprecio, odio o amor y, en ocasiones, una confusa mezcla de todo ello.
Esta colección de fotos muestra las miradas de personas que en Brasil, India, Chad, Marruecos, Burkina Faso o Argentina me enseñaron a mirarme con sus miradas. A veces, con miradas ni tan siquiera dirigidas a mí. La mirada de una pareja de tango en Buenos Aires me hace preguntarme por el sentido de la pasión y el juego. La de un jefe mossi cerca de Koudougou, en Burkina Faso, me habla del peso de la tradición. La de un campesino sin tierra en una manifestación en Salvador de Bahía hace que me interrogue sobre si vale la pena rebelarse contra la injusticia.
Podría seguir hablando de mis fotos, pero prefiero que las miradas que encierran les despierten a ustedes sus propios sentimientos, reflexiones o enseñanzas. El valor de estas fotos son las miradas de la gente. Lo que nos dicen de ellos y lo que nos preguntan sobre nosotros. Espero que, como a mí, estas miradas les interpelen.
La sala de embarque del aeropuerto Charles de Gaulle es un gran espacio diáfano en el que lenguas, formas de vestir, colores de piel forman una abigarrada mezcla. Constantino Bogaio y yo, compañeros en la redacción de la revista Mundo Negro, esperamos para coger el avión de Air France que nos ha de trasladar a Yamena, la capital de Chad. Los asientos están llenos de personas de rasgos asiáticos (piel cetrina, faz lampiña ocasionalmente adornada con un ralo bigote, baja estatura, ojos achinados) que hablan inglés. Son técnicos de grado medio (soldadores, principalmente) filipinos que van a trabajar en las instalaciones petrolíferas de Doba, en el sur del país. Llegan desde Manila a Francia, y, desde allí, viajan a Yamena (Air France es la única compañía aérea que une directamente Europa con la capital chadiana).
Según nos enteraremos después, una vez en Yamena la compañía petrolera les hospeda en un hotel cercano al aeropuerto. Al día siguiente, son trasladados de nuevo al aeropuerto de Yamena, para viajar en avioneta hasta la pista de aterrizaje del campo base de Komé. Allí viven durante tres o cuatro meses en containers metálicos, precariamente adaptados para servir de viviendas prefabricadas.
Veremos estas casitas que parecen de hojalata, en cuyas paredes metálicas se practican tres o cuatro aberturas –puerta, un par de ventanas y, sobre todo, un hueco para encajar el aparato de aire acondicionado- derritiéndose bajo el hostil sol del mediodía chadiano, algunos días más tarde. Los filipinos y otros trabajadores expatriados que trabajan para las multinacionales petroleras en el sur del Chad realizan jornadas de trabajo intensivas y, al cabo de esas 14 ó 18 semanas de jornadas agotadoras y escasos días libres, regresan a su país de origen. No han visto nada del país, ni han tenido contacto con la población chadiana –salvo tal vez algún chofer o vigilante de pozo, o alguna prostituta del cercano poblado Satán, rebautizado ahora como Atán, un conjunto de chozas miserables, casi todas ellas dedicadas a albergar precarias discotecas-prostíbulos o cabarets, los precarios bares en los que se bebe la espesa cerveza local de sorgo o mijo.
Para estos trabajadores filipinos que esperan como nosotros el avión de Air France para Yamena, estar en Chad será como haber estado en Arabia Saudí, en Nigeria, o en una plataforma perdida en el Mar del Norte. Debe ser cierto eso que se dice de que, gracias a la globalización, los distintos lugares del planeta son cada vez más parecidos.
Les dejo con el grupo Tibesti, uno de los más conocidos de Chad. Quizás su sonido les permita sentir un poco del inmenso calor del sur del país.
Hay muchas estaciones de autobuses en Europa que son más grandes que el aeropuerto de Yamena. Pese a ello, la instalación estaba prácticamente vacía. Parecía evidente que la precaución de acudir al primero de los dos posibles horarios de vuelos había sido innecesaria y nos esperaba una larga espera. Pasamos un primer control en que nuestros equipajes fueron inspeccionados visualmente por agentes de un cuerpo de seguridad imposible de distinguir, pues cada uno vestía un uniforme completamente diferente del de los demás. Después, facturamos las maletas y pasamos el equipaje de mano por el escáner para penetrar en una sala de espera bastante nueva. Jesús nos aclaró que estaban renovando el aeropuerto y mostró su satisfacción por cómo la nueva salía, comparativamente hablando, ganando con respecto a la anterior.
Al cabo de una hora de espera, el tedio y la sed eran insoportables, así que me fui a dar un paseo por los dominios del área de espera del aeropuerto. A estas alturas, la en principio impoluta y diligente vigilante del escaner ya se había relajado y medio sesteaba sobre la silla echada para atrás y apollada contra la pared. Seguíamos siendo (creo que junto con un chino o japonés sentado a una prudencial distancia de nosotros) los únicos pasajeros en espera de nuestro avión. Jesús, medio en serio medio en broma, comenzaba a especular con la posibilidad de que nos tocara recoger los bártulos y volver a la casa de huéspedes del arzobispado de Yamena para esperar al avión hasta el día siguiente.
Subiendo unas escaleras y abriendo una puerta me encontré con un bar de suelo enmoquetado y sillones donde negros cargados con pulseras de oro e hindúes con pinta de ricos comerciantes, vestidos impecablemente de blanco, bebían cervezas y combinados. El lugar tenía un aire decadente e irreal. Era una especie de remanso de confort en ese inhóspito aeropuerto. Algo a medio camino entre un cabaret golfo y el Café Americain de Rick en Casablanca. La barra la atendían dos espigadas chadianas de rostro tan bello como su figura, vestidas con unos vestidos estampados muy coloridos que realzaban la tersura de ébano de su piel. Uno se imaginaba que todo tipo de comercio era posible en ese lugar. Pero el único comercio que me interesaba en ese momento era el de bebida.
Bajé a la desolada sala de espera para informar a mis compañeros del hallazgo y sugerirles hacernos fuertes en el bar hasta que llegase el avión. Les pareció demasiado trajín mover todos nuestros archiperres escaleras arriba. Además, Jesús no se fiaba de que el avión pudiese llegar y marcharse sin nosotros si no estábamos atentos. Me dijeron que no me preocupase, que me tomase una cerveza tranquilamente en el Edén recién descubierto, pero no me pareció justo, así que busqué otra alternativa.
"Siento molestarla", dije en mi pobre francés a la indolente policía de fronteras, ya casi dormida con la frente apoyada en el escáner, "quería hacerle una pregunta: ¿sería posible bajar del bar unas bebidas a la sala de espera? Tenemos mucho equipaje y nos resulta engorroso trasladarlo todo allí. Y parece que el avión se retrasa". "No se preocupe, el avión llegará hoy", dijo, como para alejar de mí todo miedo. "No, no hay problema, baje las bebidas que quiera", me respondió con un gesto de marcada indiferencia y rumiando en su mirada un pensamiento acerca de las raras costumbres de los blancos.
Subí al bar y le pedí a una de las dos encantadoras chicas que atendían la barra un par de refrescos y una cerveza. Puso las botellas y tres vasos en una bandeja con movimientos tan pausados como elegantes y, cuando, tras pagar, me disponía a bajarlas a la sala de espera, me detuvo con un gesto amable. Dio la vuelta a la barra y me pidió que, por favor, la precediese. Hice, pues, una entrada triunfal en la sala, bajando las escaleras escoltado por la bella camarera, ante la sonrisa entre incrédula y divertida de mis dos compañeros.
Comenzamos a consumir las bebidas y, entonces, estalló una pequeña tormenta: un policía (o militar, ya he dicho que los abigarrados uniformes eran un tanto indescifrables) se acercó hasta nosotros furibundo, mostrando su disgusto por cómo unos supuestamente civilizados hombres blancos (bueno, no todos, Constantino es bien negro) habíamos convertido un lugar tan honorable como la sala de espera del aeropuerto de Yamena en poco menos que un lupanar.
Le explicamos que su compañera nos había autorizado y le aseguramos que no habíamos pretendido ofender ni comportarnos con prepotencia, le pedimos que atendiese a la gran cantidad de equipaje de mano que transportábamos, nos excusamos una y otra vez y le pedimos que nos dejase terminar tranquilamente la bebida, prometiendo hacerlo pronto. Con todo esto, el tipo, como dice el clásico "fuese y no hubo nada".
El avión llegó en un par de horas más, cuando nuestra paciencia ya desfallecía. Tras identificar nuestro equipaje ya facturado en medio de la pista (una costumbre que ya he visto en otros aeropuertos africanos), montamos en un avión tripulado por dos azafatas negras vestidas al modo africano y varias otras de rasgos marcadamente eslavos. Los letreros del avión estaban escritos en inglés y en un lenguaje lleno de zetas acentuadas, nada africano. El misterio se desveló cuando una de las azafatas nos aclaró que estábamos volando en un avión serbo-montegrino, alquilado, con tripulación y piloto incluídos, por las líneas aéreas camerunesas. África siempre reserva sorpresas.
El avión despegó y, tras un momento de incertidumbre y amplios balanceos en el que alguno de nosotros apretó fuertemente los dientes para darse valor, emprendió rumbo hacia Duala, en Camerún. Fue un viaje plácido, tan plácido como la Samba do aviao, de Tom Jobim. Con ella os dejo.
Quienes conozcan Yamena, la capital de Chad, sabrán que es una ciudad destartalada y polvorienta. Al menos, lo era hace seis años, cuando la visité en abril de 2004. La inestabilidad política que ha dominado la vida del país desde entonces no creo que haya contribuido mucho a darle un aire más moderno y ordenado. Viajé allí como redactor de la revista Mundo Negro, una publicación de los misioneros combonianos que es la única revista especializada en África que existe en España.
El aeropuerto de Yamena era (creo que tampoco ha cambiado sustancialmente) tan destartalado como el resto de país. No me había dado tiempo a darme cuenta de ello el día de mi llegada, una noche de algo más de dos semanas atrás. Pero la mañana en que mi compañero de aventuras, el mozambiqueño Constantino Bogaio, y yo abándonábamos el país me dio tiempo a sufrirlo (y también disfrutarlo) en toda su magnitud.
Constantino y yo nos desplazábamos a Camerún, en donde íbamos a continuar recolectando material periodístico para la revista por una semana más. Nos acompañaba Jesús Ruiz, un comboniano español que viajaba como nosotros a Duala, la capital económica camerunesa y luego proseguía camino hacia Lomé, la capital de Togo.
La situación era de partida chusca: teníamos billete para el mismo vuelo, pero mientras que el nuestro (comprado en España) marcaba una hora cercana al mediodía para la salida, el suyo indicaba que el avión saldría para Duala a primera hora de la mañana. Ante la duda, nos desplazamos al aeropuerto a una hora temprana. Jesús es un tipo encantador y bienhumorado, un veterano de África y nos aderezó el viaje hasta el aeropuerto con un par de anécdotas que, estoy convencido, tenían como segunda intención meternos un poco de miedo en el cuerpo y tomarnos un poco el pelo al respecto de la incertidumbre que rodea a los medios de transporte aéreo en Yamena.
Él mismo era el protagonista de la primera. Teniendo un vuelo programado, creo recordar que para el mismo trayecto que debíamos emprender, para un día, se presentó en el aeropuerto en la fecha señalada. Pasó los controles de seguridad, facturó y, tras varias horas de espera, le dijeron que el vuelo no partiría ese día. "Vuelva usted mañana", le dijeron, al más puro estilo del artículo de Larra. El día siguiente volvió, repitiendo el ritual ya descrito para encontrarse, después de horas de espera, con la misma conclusión. Volvió al día siguiente y al otro, obteniendo el mismo resultado. Sólo el quinto día de idas y venidas consiguió finalmente despegar.
La otra tenía como protagonista a otro misionero comboniano. Confiado en viajar el día señalado en el billete, se presentó en el aeropuerto. Tras efectuar todos los trámites previos al vuelo, se le informó que el avión de las Ethiopian Airlines no efectuaría la parada programada en Yamena y pasaría de largo. La razón: ningún pasajero descendía en la capital chadiana y él era el único al que debían recoger. No valía la pena aterrizar y despegar de nuevo sólo por él.
Con esta información fresca en la cabeza, entramos en el aeropuerto yamení, cargados con nuestros equipaje personal y nuestros entonces pesados equipos fotográficos.
The Byrds no estaban allí, pero no me digáis que su tema The Airport Song no viene al caso: