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14 de diciembre de 2012

Postal desde Ghana - Diciembre de elecciones

En el número de diciembre de la revista 21 acaba de salir publicado este artículo previo a las elecciones presidenciales y parlamentarias en Ghana, país que visité este pasado verano de la mano de Ángel Gonzalo y de su mujer, Elena, dos seres humanos increíblemente generosos.
Las elecciones tuvieron lugar el pasado 7 de diciembre y, como estaba previsto, el ganador fue John Mahama, candidato del partido gobernante. Pese a algunas protestas más bien minoritarias, acusando al Gobierno de adulterar los resultados, las elecciones se han desarrollado en medio de la calma general. Por encima de los muchos defectos que pueda tener la democracia en este Ghana, sus ciudadanos la aprecian por encima de muchas cosas. Ahí va el texto, por si sirve.


Una esperanza para África

Este mes de diciembre, Ghana celebra elecciones presidenciales y parlamentarias. Serán las quintas consecutivas desde que a comienzos de los noventa se restauró la democracia. Considerado un ejemplo para el resto de países de África, tanto por su democracia como por su alto crecimiento económico, el país no vive al margen de los problemas que afectan al continente, pero sus ciudadanos valoran, por encima de todo, la oportunidad de solucionarlos democráticamente.

Ghana. Su nombre tiene algo de mítico. El padre de la patria, Kwame Nkrumah, lo tomó de un antiguo imperio africano para sustituir a la colonialista denominación de Gold Coast (Costa del Oro). Para muchos, aquí empezó la moderna historia de África: en 1957, Ghana se convirtió en la primera colonia europea del África subsahariana en acceder a la independencia.

Actualmente, Ghana es una democracia consolidada y un país con unos índices macroeconómicos más que aceptables. Esa democracia se verá más consolidada cuando, a principios del mes de diciembre, Ghana celebre elecciones presidenciales. John Mahama, actual presidente tras la muerte en julio de John Atta Mills, es favorito para continuar con el Gobierno del Nuevo Partido Democrático (NDP, en siglas inglesas). Un gobierno que ha supuesto prosperidad para el país, sobre todo tras el descubrimiento y el comienzo de la explotación, en 2010, de los pozos de petróleo de la región de Tema, en la costa.


La muerte de Atta Mills dio paso a gigantescas manifestaciones de luto en todo el país. Este periodista estaba allí en esos días y pudo observar como prácticamente todo el mundo vestía prendas rojas y negras en señal de duelo. Enfrente de los edificios oficiales, grupos de decenas de personas se congregaban para cantar –o danzar– las alabanzas del difunto. La radio retransmitió las numerosas y prolijas ceremonias de los funerales al completo. La foto de un sonriente Atta Mills era omnipresente en grandes vallas publicitarias, sedes de su partido, mercados o capós de tro-tros (los minibuses que constituyen prácticamente el único medio de transporte público en el país).

También dio lugar a multitud de especulaciones. Aunque en Ghana la salud del presidente es considerada secreto de estado, se sabía que John Atta Mills padecía cáncer. Sin embargo, uno de los cotilleos favoritos en África cuando alguien muere más o menos repentinamente es la posibilidad de que haya sido envenenado. Y todo el mundo en Ghana, con mayor o menor grado de escepticismo, se hizo eco de la posibilidad.

Pero, por encima de especulaciones y lutos, dos palabras resonaban en las bocas de la gente: unidad democracia. El traspaso de poderes al vicepresidente, John Mahama, no supuso ningún problema. Todo el mundo aceptó el relevo con total normalidad.

Una historia convulsa

No siempre ha sido así en la historia de Ghana. Kwane Nkrumah, el padre de la patria, fue expulsado del poder mediante un golpe de estado en 1967. Su ideal visionario de un África unida le hizo perder pie en la realidad, y mientras el luchaba por unos Estados Unidos de África que blindasen al continente contra todo tipo de colonialismo o neocolonialismo, la vida del día al día se iba haciendo insufrible en un país mal gestionado en el que el mismo Nkrumah y la clase dirigente del partido único, el Partido de la Convención del Pueblo (CPP, en siglas inglesas), iba amasando ingentes fortunas.

Desde entonces hasta 1981, la vida política del país fue un vaivén infortunado de golpes militares, breves interregnos de precaria democracia y gobiernos corruptos. Jerry Rawlings, un carismático teniente de aviación mulato, puso fin a este estado de cosas. Tomó el poder e instauró una férrea dictadura de diez años. En 1990 comenzó una transición a la democracia no exenta de problemas. De hecho, algunos consideran que la dictadura duró de hecho hasta que en 2000 el triunfo en las elecciones del candidato de la oposición, John Kufuor, fue reconocido por Rawlings.

Tras los dos mandatos presidenciales de Kufuor, el NDP volvió al poder encabezado por el menos volcánico John Atta Mills. La alternancia fue pacífica. El país, en el que las divisiones étnicas existen pero no han generado alineamientos partidistas claros como en otros lugares de África aprendía a respirar en paz, y el hallazgo de petróleo supuso también una inyección de optimismo.

Accra, espejo de contradicciones


Accra, la capital de Ghana, es una caótica ciudad de más de dos millones de habitantes. La polución y un atasco de tráfico que al visitante le parece permanente son una de las constantes de su la vida de la ciudad. Una ciudad de contrastes que reflejan los contrastes del país. En las elegantes avenidas de la Independencia y de la Liberación y en la calle Oxford hacen su vida el personal de embajadas, compañías comerciales extranjeras y expatriados de las ONG y se encuentran los restaurantes chic, las embajadas y consulados occidentales, los grandes hoteles y las grandes oficinas bancarias.

Es una vida que nada tiene que ver con la de, por ejemplo, los habitantes de Jamestown Beach, un slum de precarias casas de madera en el que vive la comunidad de pescadores de la ciudad. Aquí, en temporada alta de pesca, llegan a vivir hasta 3.000 personas. Sin embargo, en un país cuya economía creció un 10% en 2011, la única escuela que existe en este o barrio que se extiende a la sombra del fuerte James, antaño símbolo del poder colonial inglés, es la que ha puesto en marcha la comunidad. Los pobladores de Jamestown Beach se han unido para  construir un endeble entramado de tablas y plásticos y reunido con mucho sacrificio algo de dinero para comprar un mínimo material educativo y pagar alguna pequeña compensación a los profesores que acuden a dar clase a unas dos docenas de niños divididos en dos niveles.


Falta de infraestructuras

La carencia de infraestructuras educativas es notable en todo el país. La escuela de Jamestown Beach no es la única escuela comunitaria que me encontré durante mi estancia de quince días en el país. Sólo en Ada, una apacible ciudad costera a dos horas de distancia de Accra, estuve en otras dos. Muchas de ellas han sido construidas con la colaboración de la cooperación extranjera. Bien de la cooperación oficial o bien de la cooperación de expatriados extranjeros instalados en Ghana.

Es el caso de la escuela de Anyakpor, cuya construcción han financiado dos amigos españoles, Ángel y Elena. Una sencilla pero sólida estructura de bloques de cemento, rematada por un tejado de madera y chapa da ahora cobijo a casi un centenar de niños de la comunidad, un barrio de pescadores en el que abundan las familias numerosas y los huérfanos: el mar es cruel y sus olas no respetan a padres de familia. La escuela ya funcionaba precariamente, bajo los auspicios de una de las muchas iglesias evangélicas locales, antes de que Ángel y Elena llegaran aquí. Ahora lo hace en un local digno del nombre de escuela.


La educativa no es la única carencia del país. El hospital de distrito de Ada está considerado el segundo mejor hospital público del país. Aunque sus instalaciones distan de alcanzar el nivel estándar de un hospital europeo, son bastante buenas. Sin embargo, se quedan a menudo sin suministro de luz y agua. Los generadores alimentados con gasolina apenas sirven para mantener en funcionamiento algunas cámaras frigoríficas en las que se guardan medicamentos e instrumental médico esencial. Los tres doctores del hospital, apoyados ocasionalmente por personal voluntario europeo, deben atender una población de unos 160.000 habitantes. De las tres ambulancias con que cuenta el hospital, sólo una es realmente operativa.

En buena medida, Ada es también un buen reflejo de las contradicciones del país. Al lado de comunidades extraordinariamente pobres como la de Anyakpor encontramos el mundo de los ricos ghaneses y expatriados que acuden a esta localidad a descansar los fines de semana de la ajetreada vida de Accra: los libaneses que han comprado islas enteras en esta región en la que el Volta vierte sus aguas al Atlántico, los políticos y hombres de negocios ghaneses que tienen su segunda residencia en la que les guardan sus yates y motos de agua, los europeos que trabajan para multinacionales y acuden a reposar en el lujoso hotel Tsarley Korpey.

Fe en la democracia

El crecimiento con desigualdad es una nota dominante de la economía ghanesa. Y será el principal desafío del nuevo gobierno repartir la riqueza proveniente del crecimiento entre los distintos estratos de la población. Los ghaneses que albergan una mínima conciencia crítica lo tienen claro. También tienen claro que, con todos sus defectos, la forma de llevar a cabo ese objetivo es la democracia.


Este es el sentimiento que domina entre los miembros de la redacción de noticias de Radio Ada, una emisora comunitaria que emite en dangme, la lengua local mayoritaria en la región. Guillaume y David son dos de sus periodistas voluntarios. Jóvenes despiertos e inquietos, son buenos informadores, pese a no haber pasado por la universidad. Y la palabra democracia asoma constantemente en su discurso. “Ya hemos hecho muchos experimentos de gobierno en este país, aseguran, y no han funcionado. Lo que mejor funciona es la democracia. No queremos perderla”.

Citan el ejemplo de la vecina Costa de Marfil, inmersa en un embrollado conflicto étnico-político desde la muerte del padre de la patria, Félix Houphouet-Boigni, como un hecho terriblemente negativo. Y es cierto que, tras 10 años de guerra civil abierta o soterrada, la antaño próspera ex colonia francesa es un lugar en el que reina la incertidumbre y el desasosiego.

Joshua, un despierto joven de 18 años que se prepara para ingresar en la universidad, también asegura que la democracia debe preservarse por encima de todo. Y Jawi, un rasta que frisa la treintena, a pesar de exaltarse hablando de las hazañas bélicas y del carisma como líder del ex presidente Rawlings –hasta cuya casa natal me conduce en Keta, otra de las ciudades de la costa ghanesa-, afirma convencido que, si bien el golpe de estado del entonces teniente de aviación fue necesario, la democracia es lo mejor que tiene hoy en día Ghana.

Los retos están ahí. Ghana es un país que mira al futuro sin dejar de mirar al pasado: los jefes tradicionales son una autoridad todavía muy presente en la vida cotidiana de sus gentes, que siguen creyendo en la magia y en la brujería al mismo tiempo que llena los cibercafés y sigue de cerca el desarrollo de las ligas de fútbol europeas. El país crece con desigualdad. La corrupción y la economía sumergida siguen siendo un hecho común. Las carencias de infraestructura y servicios, especialmente en los slums de las grandes ciudades y en las extensas áreas rurales del país son innegables. Pero es un país en el que, por encima de todo, su gente cree en la democracia. Y eso supone, en cualquier sitio pero más en el contexto africano, una gran esperanza.



1 de diciembre de 2012

Antonio Dechent - un actor peleón y peleado


La verdad es que podría haber titulado esta entrada algo así como "recuperando el tiempo perdido". Hacía mucho que no publicaba (tal vez un día de estos os cuente por qué) y vengo con ganas. Entre los últimos trabajos con 21 figura esta entrevista que le hice al actor Antonio Dechent. Una experiencia muy divertida, porque el tipo es muy divertido y me trató estupendamente. Espero que os guste. Va a pelo. Sin fotos, sin canciones, sin enlaces. Sólo la palabra. No sé si es una cuestión poética o pura vaguería. Os dejo con la duda.

Antonio Dechent, actor peleón

“Uno se pelea siempre contra uno mismo y, al final, gana el otro”

Trabaja mucho. Dice que su patria es el teatro, pero ha filmado tanto que vive un poco exiliado. Sólo en lo que va de siglo, más de 40 películas le contemplan (o mejor, se le puede contemplar en más de 40 películas). Entre ellas figuran algunos títulos muy importantes del cine español (La voz dormida, Los Borgia, Salvador (Puig Antich) o 7 Vírgenes, por citar sólo algunos). Es lo que se suele decir “un secundario de lujo” –bueno, vean lo que opina él de esto más abajo. Pero también un protagonista de éxito. La prueba: sus actuaciones como actor principal en Smoking Room y en A puerta fría le han valido sendas Biznagas de Plata al Mejor Actor en dos ediciones del Festival de Cine Español de Málaga.  Además de todo eso, muchos le conocen por sus trabajos en televisión (La familia Mata, El comisario, Brigada Central). Poco amigo de dormirse en los supuestos laureles de la fama, Antonio Dechent se considera sobre todo un currante, un tipo honesto que intenta cumplir con lo que se le encarga de la mejor forma posible. Ya saben, a lo John Ford, que se presentaba diciendo simplemente: “Me llamo John Ford y hago películas del oeste”. No le importa arriesgar a la hora de elegir trabajos si cree en lo que está haciendo. Sevillano, contesta esta entrevista con un punto de guasa muy del sur, dispuesto tanto a defender su trabajo como a reírse un poco de su persona y sus circunstancias.

-Es usted sevillano y de Triana. Más gracia no se pué tener… excepto si se es gaditano, claro.
-No creo que yo sea nada gracioso. Y me parece que la mitad de los gaditanos tampoco lo son.

-Hemos intentando rescatar aspectos oscuros de su pasado, pero lo más que hemos encontrado es que la primera vez que actuó fue con 13 años en la clase de literatura.
-No creo que ésa fuera la primera vez que actuara, sino la primera vez que me aprendí un texto. Pero fue el padre Isaac García quien me inoculó el veneno del teatro.

-Una leyenda urbana dice que regentó un bar en Sevilla. Una buena escuela de aprendizaje.
-Era un bar que se llamaba La Revuelta y que Diario 16 llamó “el último reducto hippy de Sevilla”. Yo perdí bastante ingenuidad, por decirlo de alguna manera, llevando el local.  

-La Revuelta suena como a rollo medio anarquista, ¿no?
-No tiene nada que ver con las barricadas. Es que estaba sito en la calle Siete Revueltas.

-La gente tiende a identificarle como lo que se suele llamar “secundario de lujo”. ¿Se siente usted secundario o más bien primario?
-Me siento primario contestándole esta pregunta. Respecto a lo de secundario, quédese con lo de “de lujo” (risas).

-En algún momento ha asegurado que hace personajes difíciles que aparecen poco. Es usted un genio económico: especialización y rentabilización de esfuerzos.
-No lo rentabilizo tanto. Los actores secundarios tienen que hacer un esfuerzo sobrehumano para que se fijen en ellos. Yo hago ese esfuerzo sobrehumano para que mis personajes brillen.

-Casi cada vez que ha hecho un papel protagonista le han dado, como mínimo, una Biznaga de Plata. Sucedió con Smoking Room y ha vuelto a suceder con A puerta fría.
-Eso demuestra que el trabajo del protagonista está sobrevalorado.

-¿Por qué cree que le ofrecen casi siempre personajes duros, castigados por la vida? ¿Tan peleado está usted con el mundo?
-Tiene que ver mucho con mi careto y con mi voz. Yo no estoy peleado con el mundo. Uno se pelea siempre contra uno mismo y, al final, gana el otro, que es lo peor.

-Dice que es por culpa de esos personajes que la gente no se le acerca a pedirle autógrafos. ¿No ha pensado en reorientar su carrera?
-Esta es una carrera de fondo. Y su meta no es la fama, sino ser actor. Lo de los autógrafos es algo que se da por añadidura, como decía la Biblia.

-Por otra parte, sé que en alguna otra entrevista ha presumido de que, cuando mira a la gente, la gente baja la cabeza y mira al suelo. A ver si es que le va el rollo Harry el sucio.
-Para nada. Es divertido algunas veces. Pero porque es todo lo contrario de lo que soy yo. Me asombra que alguien se sienta cohibido por mi presencia, porque el que me conoce sabe que soy tierno y frágil como una florecilla silvestre.

-Se involucra usted en proyectos raros. Por ejemplo, resucitar la figura de Queipo de Llano. Tiene usted un lado violento, no lo niegue.
-Esta obra no se hizo por el salvajismo del personaje. Se hizo porque la fama de Queipo todavía existe en Sevilla: aquí no tuvimos Guerra Civil, aquí tuvimos a Queipo. Era una historia que había que contar, porque contando la historia de este señor contamos la nuestra.

-También ha colaborado con una serie casi amateur, como Malviviendo, filmada por un grupo de jóvenes sevillanos y distribuida por Internet. Tiene, pues, también, su corazoncito.
-Mi corazoncito sigue a la sabiduría y el talento. Pocas veces me he visto rodeado de tanto talento y tanta sabiduría cinematográfica como rodando esta serie.

-En algún sitio ha dejado caer esta perla: “artistas son los flamencos, yo soy un trabajador”. Ejem, entonces… el talento…
-El talento y el arte no son lo mismo. Uno puede ser un fontanero muy talentoso, lo que no significa que sea un artista.

-Para usted, el teatro es su país. Con tanta película y tanta serie anda usted un poco exiliado.
-He vuelto (risas). En época de vacas flacas, todo el mundo vuelve al terruño, que es donde más calentito se está.

-Defiende el cine español y al mismo tiempo dice que es difícil encontrar en él un buen guión. Esto, ¿es un poco esquizofrénico o es una mala lectura mía?
-Es una buena lectura suya. Me parece que el cine español tiene unas miradas diversas, interesantes. Pero también unos guiones que deberían ser más libres y variados.

-Sin duda, A puerta fría forma parte de ese puñado de buenos guiones, imagino.
-Efectivamente. Se sale de la norma establecida y necesita un espectador inteligente para asumir el abocamiento al desespero y al infierno del protagonista.

-Es una película que habla, entre otras cosas, de la esclavitud en la que se está convirtiendo el mundo laboral. ¿También para los actores?
-Para los actores más que para muchas otras personas. Cuando se reducen los presupuestos, la cultura es la maría, de donde más fácil se recorta. Como no pase algo extraño a los actores van a dejar de enterrarnos en sagrado, como antes.

-Ha dicho de su personaje que estaba hecho a medida para usted y que es un personaje que se va degenerando. De la relación entre estas dos cosas no hay que sacar conclusiones, imagino.
-(risas, dudas). No es bonito mostrar los demonios interiores y los estragos que produce la experiencia y la edad. Pero por otro lado es maravilloso poder hacerlo.

-Ha trabajado en la peli con Nick Nolte, uno de los grandes. Dígame, en confianza, si él tiene algo que no tenga usted.
-Más de 70 años.

5 de junio de 2012

Un bandolero simpático


Erik el Belga es un poco como el doctor House. Uno de esos personajes que uno debería aborrecer por lo que hacen, pero que no puede. Sólo que Erik es de verdad y House una creación de las nuevas narrativas televisivas. Tuve la suerte de entrevistarle hace un par de meses para la revista 21. El texto salió en el pasado número de mayo, así que os lo dejo con un poco de retraso. Cosas de la pereza.

Erik el Belga, ladrón por amor
“Hay cosas que no se dicen”

A sus 72 años, después de casi 30 de retiro dorado de la profesión, Erik el Belga, apodo por el que todo el mundo conoce al traficante de arte René Alphonse van de Berghe parece estar por encima del bien y del mal. Le adoran en los conventos y cofradías a los que regala sus piezas de meticuloso y académico arte religioso. Le siguen guardando rencor y reclamando piezas de arte en pueblos dispersos por toda la geografía española. Quienes no hemos sido ni sus víctimas ni sus beneficiarios no podemos dejar de esbozar una sonrisa de simpatía ante su personaje. Él se ve más como un comerciante con un sentido un poco laxo de la legalidad y del derecho de la propiedad que como un ladrón o un bandido. Pero incluso a través del teléfono se le nota una sonrisa de orgullo cuando se comentan con él sus hazañas. La diabetes casi le dejó ciego. Pero ahora, recuperado de su vista tras un largo proceso de operaciones que define como milagroso, se dedica fundamentalmente a la pintura. Le decimos que ésta es una entrevista que intenta tener sentido del humor y dice que así tiene que ser. No podía no tenerlo un tipo que llegó a robar en un cuartel de la Guardia Civil. Acaba de publicar, escritas a cuatro manos con su mujer, sus memorias: Por amor al arte.

-Su libro se titula Por amor al arte. No me diga que no le gustaba el dinero.
-Hombre, la pasión sin dinero es una pasión muerta. Pero lo que amaba, sobre todo, era el arte religioso y místico. Y era lo que me reclamaban mis clientes.

-Es un verdadero tocho: 570 páginas. Tiene mucho que contar, por lo que se ve.
-Bueno es que tenía que responder a más de un 1,7 millones de páginas que hay en Internet sobre mí en las que se dicen muchas estupideces.

-Sin embargo, he leído por ahí que, pese a tanta letra, usted se calla muchas cosas.
-Hay cosas que no se dicen.

-Dejemos el libro y vayamos con el personaje. Usted suele caerle bien a la gente. ¿Será que a todos nos gustaría ser bandidos?
-Nunca he sido un bandido. He sido un traficante de arte que ha hecho muchas transacciones en un tiempo en que eso era posible. Pero eso de bandido… En el tráfico de obras de arte solo se puede trabajar si aceptas mucha responsabilidad.

-Dicen que es usted el mayor ladrón de guante blanco del siglo XX.
-Bueno, cuando yo actuaba había mucha obra de arte religioso que se podía expoliar y esto ya no es así. Los tiempos han cambiado. Por otra parte, no habría podido vender ni una obra de arte obtenida con violencia. Mis clientes eran cristianos ante todo.

-También le han llamado “mercenario del arte”. ¿Se siente cómodo con esto?
-¿Por qué no? De hecho, yo trabajaba siempre bajo pedido. Me hacían el pedido, obtenía el pedido y cobraba lo pactado. Nunca he tenido ningún problema con esto.

-Sus cifras son espectaculares: más de 600 robos. ¿Ha pensado mandar la documentación al Libro Guiness de los Récords?
-No, no (risas). Para mí no es un récord. Lo que yo hice pasó hace ya casi 30 años. Los hechos ocurrieron, sin duda, pero ya son más una leyenda que otra cosa. Desde entonces, me dedico a pintar y a trabajar en el campo del patrimonio religioso. Sigo cultivando el amor por el arte religioso, pero de otra manera.

-Nunca detuvieron a ninguno de sus hombres, pero usted fue detenido al menos tres veces. Es usted un santo, siempre velando por los suyos.
-Era fundamental. Conseguir un equipo de gente que fuese capaz de hacer este trabajo de la manera que tenía que hacerse, no violenta y eficaz, era muy difícil.

-También dice que gracias a usted se han salvado piezas de arte. Otro motivo para estar en los altares.
-Sin ninguna duda. Además, conmigo todos los gitanos han comprado al clero obras de arte que durante siglos habían guardado en sus reservas y que el clero tenía que vender porque el Vaticano II les obligaba a hacerlo.

-Dicen que tiene “la moral del antiguo bandido”. Para robar hay que ser honesto.
-Por supuesto. Sobre todo, para robar arte religioso. Tienes que tener un cliente recto que espera para pagarte tu trabajo. Como decía, la pasión sin dinero está muerta.

-Dejemos el personaje y vayamos a la persona. ¿Cómo se transforma el anticuario René Alphonse van de Berghe en el ladrón Erik el Belga?
-Porque había una gran demanda de arte religioso. En particular, español, porque en Bélgica teníamos una reina, Fabiola, que era española. Fuimos casi obligados a expoliar para tener a nuestros clientes contentos y satisfacer su pasión por el arte.

-Vive en España desde el 74. ¿No sería lógico cambiarse el apodo y llamarse Erik el hispano-belga?
-¿Por qué no? Me siento más español que belga, aunque me gusta también Bélgica. Estoy enamorado de Málaga y Andalucía, de la tranquilidad con que se vive aquí. Vamos todo el año en camiseta y el sol, a mi edad, es un placer. No soporto la lluvia.

-Asegura que con 14 años traficaba con armas. El delito fue una vocación temprana.
-Es algo que pasó después de la Segunda Guerra Mundial. No traficábamos con armas, sino con antiguos vehículos militares, obuses y etcétera, que se vendían para aprovechar el cobre. Además, había coleccionistas de armas que querían, después de la guerra, tener un fusil alemán en su casa. En aquella época era muy normal.

-Su biografía no es nada aburrida. Se ha casado siete veces. Es como un gato.
-(risas) El amor ha movido toda mi vida. El amor a Dios, a los santos, a la mujer. Eso hace que uno se mantenga en pie.

-Buena parte los cuadros que pinta los dona a hermandades y conventos. ¿Una manera de purgar sus pecados?
-No, pero me gusta mucho el clero e intentar hacer el bien. Son cuadros que pinto y que dono, sin cobrar un duro. La gente lo agradece.

-Su mujer dice de usted que es más frágil de la familia y que es como un niño.
-Desde luego, siempre me trata como si lo fuera.

-Ya sabe que sólo los que son como niños entrarán en el Reino de los Cielos.
-Por supuesto. Y también sabe usted aquello de que quien no llora no mama.

-Dice que en su tumba piensa poner como epitafio: “No llores, que nos veremos pronto”. Lo que usted es, me parece, es un cachondo.
-Siempre he intentado llevar una vida divertida, sí.

Para terminar, porque hoy es hoy, para cerrar este late night show: los Rolling Stones.



22 de abril de 2012

Entrevista - Un clásico del pop español


Os dejo la entrevista que salió en el número de abril de la revista 21 con José Manuel Casañ, el líder y factótum de Seguridad Social, ese grupo que sigue dando la lata 30 años después. No son los Kinks, desde luego, pero son un clásico de nuestra música pop. Espero que la disfrutéis.

José Manuel Casañ/Seguridad Social (Tanto monta)
“No somos ni complacientes, ni ariscos”

No suenan de manera tan omnipresente como en los ochenta y principios de los noventa. Entonces, si pasabas un par de horas en cualquier pub seguro que escuchabas su Comerranas o su Chiquilla, o tal vez ambas. Pero, 30 años después, Seguridad Social y su líder, José Manuel Casañ, siguen ahí. Y lo celebran con una gira conmemorativa a lo largo y ancho de todo el país. En ella tocarán los temas de su último trabajo de estudio, El mundo al día en 80 vueltas. Pero también sus temas de siempre. Son malos tiempos para la música (y para la Seguridad Social), pero Casañ no le pierde la cara a una realidad dura. Es un profesional y, al mismo tiempo, un apasionado de esto. La formación ha ido cambiando, pero él siempre ha sido el jefe, de eso no cabe duda. Y se lo toma muy en serio.

-Ya lo sospechaba pero, según me he ido documentando, se me ha hecho cada vez más evidente: Seguridad Social es usted.
-La verdad es que soy el jefe. Soy el que hace las canciones y el que paga a los empleados. Pero tengo que decir que por Seguridad Social ha pasado mucha gente y cada uno ha aportado distintas cosas.

-Es usted un monarca absolutista, como Luis XIV, que decía lo de “el Estado soy yo”.
-La verdad es que hay poca democracia, sí. Impongo la línea que sigue el grupo. Eso sí, con mucha serenidad, amor y respeto a la gente que me acompaña en esta aventura. En un momento dado, como es mi empresa, digo: “esto se hace así”. Pero tengo los oídos bien abiertos  a sugerencias y aportaciones. No soy tan absolutista.

-Montó su primer grupo con 16 años. Lo tenía claro.
-A los cinco años ensayaba canciones de Bruno Lomax frente al espejo. A los seis años empecé en un coro infantil. Desde que pisé un escenario sabía que esto era a lo que quería dedicarme.


-Comenzaron llamándose Paranoicos, y de ahí pasaron a Seguridad Social. No me diga que la sanidad pública les curó la enfermedad mental.
-Bueno, la sanidad pública nos ha curado de otras cosas. Paranoicos era una cosa más de amiguetes, no aspiraba a ser un grupo profesional. Cuando empezamos a tomárnoslo en serio cambiamos el nombre. Aunque tampoco es que nos lo tomásemos tan en serio. Seguridad Social siempre ha sido un grupo divertido. Hasta el mismo nombre nace de una broma, de nuestro sentido del humor.

-Sus primeras grabaciones las hizo estando en la mili. Pero, ¿siendo tan punk no habría sido más lógico objetar o hacerse insumiso?
-¡Uf! Eso suponía tres años de cárcel. Prefería pasar el mal trago y poder seguir componiendo y ensayando que enfrentarme al sistema. Si no lo hubiera hecho así, no habría podido seguir con mi carrera.

-Su primer disco es un directo. Le echaron un par de narices.
-Nuestro directo siempre ha sido muy respetado y considerado. Y, al final, el directo es lo más importante para un músico. Lo trabajamos mucho. Cuidamos el repertorio para no ser ni complacientes ni ariscos. Aspiramos a tocar bien y a que, al mismo tiempo, la gente se involucre en el concierto. Pensamos que era una buena idea arrancar demostrando esa fuerza.

-La entrada de Wikipedia habla de un grupo que pasó del punk escatalítico al rock mediterráneo. ¿Está de acuerdo?
-Pasando por otros muchos caminos. Para nosotros, el punk nunca fue algo cerrado, sino una ventana abierta que nos permitía mostrar nuestras inquietudes a gente que estábamos un poco verdes como cantantes o instrumentistas. Esa es la filosofía del punk: “háztelo tú mismo”. Eso nos dio alas. Hizo de trampolín. Pero no nos quedamos ahí. Nunca hemos sido conformistas, siempre hemos arriesgado.

-¿Hay que comerse muchas ranas para seguir vivo en esto de la música 30 años después?
-(risas) hay que cantar muchas veces Comerranas, eso sí. Es una canción que surgió un día en que andaba haciendo experimentos con la escritura automática. Salieron tres o cuatro canciones en un día. Me gusta el juego. Me gusta hacer canciones con lenguaje sencillo pero que tengan un elemento más profundo, a nivel de mensaje o de, como le digo, juego.


-Chiquilla es, sin duda, una canción emblemática del pop español. ¿No cansa a veces tener que llevarla a cuestas?
-Es algo que tenemos que asumir. Es muy difícil luchar contra una canción así, que identifican una generación y la siguiente. De hecho, no hay porque luchar contra ella. En momentos más oscuros nos ha servido de caparazón o escudo. Y es algo que le pasa también a los Rolling, que no pueden deshacerse de Satisfaction. Es una ventaja tener esas canciones. Siempre representan un momento álgido de un concierto cuando las interpretas.


-He repasado las canciones de su último disco y suenan frescas. ¿A qué se debe? ¿Está todo calculado o es que tiene un síndrome de Peter Pan que no se tiene?
-El síndrome de Peter Pan está muy infravalorado. Yo estoy a favor de un síndrome de Peter Pan bien entendido. Reivindico la capacidad de asombro de los niños. Poder pensar que cada amanecer y cada atardecer son distintos, que no todo está hecho.

-Es el primer disco con temas nuevos en seis años y usted mismo ha dicho que se ha hecho “a fuego lento”. Claro, con la edad, cuesta más.
-(risas) No es que cueste más, es que está más bueno. Si vamos rápido, hay cosas que no salen bien. Más si estás intentado probar cócteles nuevos. El nuevo disco tiene un tempo más lento en todos los sentidos. En su elaboración y en el ritmo de sus canciones.

-Dice que, a estas alturas, lo de sacar disco es una cuestión de tener una tarjeta de presentación. Pues sale cara la cosa, ¿no?
-Sí. Entre otras cosas, porque no se venden discos. No existe la conciencia de que haya que pagar para escuchar música. La gente argumenta que la cultura debería de ser gratis. ¿Y por qué no el pan, o la gasolina? Yo creo que tendrían que ser gratis antes que la música.

-Están celebrando su gira de 30 años. ¿Cuántos aniversarios le quedan al grupo?
-Pues celebramos que nos hemos divertido y aprendido mucho estos 30 años y esperamos que pase lo mismo durante los próximos 30.

-Para terminar: Si tuviera que elegir una palabra para calificar Seguridad Social, yo me quedaría con “desparpajo”. No sé si le agrada, o si añadiría alguna más.
-No está mal. Yo añadiría pasión. Hay mucha gente que se ha desmarcado del mundo de la música cuando ha dejado de ser negocio. Ha desaparecido un cierto intrusismo de esa gente que no sentía verdadera pasión por la música y van quedando sólo los que de verdad sienten esa pasión.

-Y José Manuel Casañ está entre ellos.
-Sí, claro. Entre otras cosas, porque no sabemos hacer otra cosa en la vida. Bueno sí. Yo era panadero. Pero la música es mi vida y pienso dedicarme a ella mientras pueda.

16 de febrero de 2012

Raimon, un icono que sigue en la brecha

Hace ya algunas semana que está en la calle el último número de la revista 21, que incluía esta dicharachera entrevista con Raimon (sí, sí, el de la transición, el de Al vent). Algunos se sorprenderán de que siga vivo. Otros de que siga cantando. Algunos más de que yo haya llegado a entrevistarle. En cualquier caso, aquí nos tenéis.

Raimon, cantante al viento
“Hace mucho que no soy un símbolo”

Hace más de 50 años que escribió Al vent (Al viento) y, aunque no parece molesto porque se le recuerde, no deja de reivindicar que es mucho más que un símbolo de la lucha contra la dictadura. Aunque llevan intentándolo enterrar desde los ochenta, Raimon sigue bien vivo y su último disco ha estado muy presente en los medios. Es como si hubiera vuelto a la carretera después de hace muchos años, pero no es verdad, el nunca colgó la guitarra. A diferencia de otros compañeros de generación, nunca abandonó el valenciano como lengua de trabajo y quizás esto le ha restado público, pero a él parece darle igual. No es un tipo que se preocupe por modas. Tiene clara su verdad, y la dice, incluso interrumpiendo amablemente al periodista. Ese es, al fin y al cabo, el trabajo de los poetas: decir su palabra contra viento y marea. Raimon lo tuvo claro desde el principio y, así, desde que empezó a cantar, su vida ha sido una vida al viento. Con todo y con eso no es alguien serio, envarado, sino que se ríe con frecuencia. Al menos, en esta entrevista.

-Va a cumplir 50 años sobre el escenario. Es de los pocos que podría jubilarse, incluso con la nueva ley de pensiones, pero ahí sigue.
-(Risas) No tiene que ver con la ley. Es algo mucho más vital. Me siento a gusto con mis músicos y con mis canciones. Y siento que el público está a gusto conmigo.

-Escuchas Al Vent y, más de 50 años después, sigue siendo actual. ¿Tan buena es la canción o es que lo hemos hecho muy mal en esta sociedad?
-Una canción es lo buena que la gente quiere. Depende de si significa algo para la gente o no. Eso sorprende. Muchas veces piensas que hay otras que te quedaron mejor y la gente elige una a la que no dabas tanta importancia. Desde luego, Al vent me cambió la vida.

-Fue todo inesperado.
-Sí. Yo ni siquiera pensaba que grabaría la canción. Tenía aficiones artísticas, pero las veía más como hobby. Lo que pasa es que coincidió que grabé Al vent y terminé la carrera y estaba en esa época, cuando uno termina, en que no sabe muy bien qué hacer. Al vent tuvo mucho impacto porque rompía con el ambiente sonoro que había entonces en España.

-Al vent fue un símbolo de lucha política, pero nació de algo tan simple como un recorrido en moto. Qué contradicción, ¿no?
-(Risas) Bueno, también el Che Guevara se recorrió América Latina en motocicleta y mire como fue la cosa. Claro que lo mío fue un paseo mucho más corto, de Xátiva a Valencia.

-¿Vivía mejor contra Franco la gente como usted, que simboliza la lucha contra la dictadura?
-Esa frase de mi muy querido y añorado Vázquez Montalbán tal vez sea un poco exagerada. Lo cierto es que en la dictadura había más complicidad entre gentes de ideas muy distintas.

-Al contrario que Dylan, usted sí quiso ser el portavoz de una generación, ¿no?
-El ser o no portavoz de una generación no depende de uno (risas). Lo de Dylan es un caso distinto, muy complejo.

-Hacen un documental sobre la transición y allí está usted. ¿No se cansa de ser un símbolo?
-Es que no lo soy. No lo he querido ser nunca. Eso no quita para que no reconozca que mis canciones, en algún momento, fueron útiles a mucha gente que luchaba contra un régimen dictatorial. Pero también he hecho canciones de amor, incluso durante la dictadura, porque, claro, no me iba a esperar a que se muriera Franco para enamorarme (risas).

-Años después de esa época gloriosa, ¿qué ofrece y qué cree que busca la gente en usted?
-Como digo, hace mucho que no soy un símbolo. Yo sólo quiero ser un cantante. Los 80 fueron especialmente duros para mí. Dominaba el pensamiento de que gente como yo éramos muy buenos para luchar contra la dictadura, pero no éramos artistas.

-Lo evidente es que sigue interesando, porque la gente de la discográfica me cuenta que, con el nuevo disco, va a estar usted en todos los medios.
-Es que el nuevo disco es muy bueno. Bueno, como los otros. Lo que pasa es que esta vez se han dado cuenta (risas).

-He repasado escritos y crónicas sobre usted. Más de uno le caracterizan como un existencialista rebelde. ¿Está de acuerdo con la etiqueta?
-No lo sé. Con lo de rebelión, sí. Siempre he sido un poco rebelde. Con lo de existencialista... Me interesó mucho el existencialismo en la facultad: esa idea del absurdo. Eso se refleja en mis primeras canciones. Pero, más allá de eso, ¿qué es el existencialismo?

-No puede actuar en Valencia, su región...
-(Rotundo) Sí que puedo. Lo que no tengo es acceso a la red de teatro públicos.

-¿Es una cuestión de censura o es que no tiene dinero para pagar trajecitos a nadie?
-(Risas) No me he planteado lo de los trajes. La situación tiene que ver con una visión sectaria del Gobierno valenciano, que no es el Gobierno de todos los valencianos. No es una cuestión personal, que también, sino una cuestión de exclusión de los que cantamos en valenciano.

-Tuvo sus más y sus menos con Serrat por una cuestión de normalización lingüística y nunca ha cantado en castellano. Es un hombre de ideas fijas.
-No tuve ni más ni menos con Serrat. Simplemente, él escogió un camino distinto del mío. Pero eso no quita para que seamos amigos. Por otra parte yo tengo ideas fijas y movibles, desmontables... Tengo ideas de muchos tipos: cuadriculadas, redondas, articuladas...

-Rellotge d'emocions (Reloj de emociones) es su primer disco con canciones nuevas en 14 años.
-No. En el 2000 saqué uno con canciones nuevas, pero grabado en directo. Es el primero con canciones nuevas grabado en estudio desde hace 14 años, eso sí. Pero en directo siempre interpreto canciones nuevas.

-Es un disco que mira al pasado, evidentemente, pero usted asegura que no es nostálgico. Explíquenoslo, por favor.
-Eso no se puede explicar. La única explicación posible es escucharlo. Una canción no se explica. Puedes explicar tal vez la letra, pero ¿y la melodía? ¿Y la voz?

-Dice que se ha vuelto muy exigente con sus canciones con los años y que evita repetirse. Así pues, nada de comer fabes, claro.
-Siempre he intentado no repetirme y no repetir cosas que ya habían dicho otros. Eso sólo fomenta la contaminación sonora. Sólo algunas veces he repetido algunas cosas a propósito.

-Asegura que compone por necesidad. No será monetaria, con la de royalties que le ha debido dejar Al vent.
-¡Qué va! Para el cantante en valenciano, los royalties son siempre muy pequeños. Estamos hablando de un mercado muy reducido.

-Entonces, ¿por qué escogió esa lengua?
-Más bien fue ella la que me escogió. Mi educación iba encaminada a que no me pudiera expresar en valenciano. Yo no quise contribuir a que siguiera siendo difícil expresarse en mi lengua materna.

Y, tras la entrevista la música. Lo clásico y lo último de Raimon:


2 de diciembre de 2011

Hay un hombre en los medios que lo hace todo - Entrevista con Ignacio Escolar

Bromas aparte, la estrella de Ignacio Escolar no ha dejado de subir en los últimos años. De forma muy merecida, desde mi punto de vista. Tuve la suerte de entrevistarle el pasado verano. El resultado apareció en la revista 21 el pasado mes de noviembre. Un mes intenso de trabajo no me ha permitido hacerle mucho caso a este blog. Ahora que lo retomo (al parecer, con fuerzas). Las fotos no tienen nada que ver con la entrevista. Son fotos de las antiguas minas de Almadén. Un aviso de posibles y espero que evitables desastres. Las palabras de Escolar también aspiran a ser una vacuna contra ellos.


Ignacio Escolar (Burgos, 1975) es un tipo muy activo. Basta con asomarse a su blog escolar.net para comprobarlo. Fue el primer director del diario Público con apenas 32 añitos y es uno de sus columnistas estrella. Su opinión, escorada más bien hacia la izquierda, es muy respetada, especialmente entre los lectores más jóvenes, que buscan una voz distinta de la de los viejos popes del periodismo.
Escolar es también un innovador. Su negativa a publicar anuncios de prostitución en el diario fue una decisión arriesgada que le hizo perder dinero al diario y ganar prestigio. También ha sido pionero en el uso de las posibilidades que lo digital abren al periodismo. Por otra parte, no es de los columnistas que se dedican puramente a impartir doctrina. Habla siempre con datos en la mano. En persona, esa capacidad para el dato y la argumentación se ve multiplicada. La lectura de su ensayo La generación estafada, incluido en el libro Reacciona junto a artículos de Sampedro, Mayor Zaragoza o Garzón, entre otros, aporta una buena dosis de datos para entender la crisis y la sensación de caos que nos ahoga económica y moralmente.



-Después de casi cuatro años de crisis, de llamamientos a la indignación, de la indignación al fin en marcha y de las últimas elecciones, ¿cuál es su estado de ánimo?
-Soy optimista. Lo más importante de lo que ha pasado en España no que la gente haya tomado las plazas, sino que se ha dado cuenta de que puede tomarlas. Ha sido una inyección de autoestima. Es la primera vez en mucho tiempo que un movimiento sin una importante organización política o sindical detrás es capaz de concentrar a miles de personas en torno a una protesta común. Y creo que las manifestaciones de después del verano van a ser todavía más masivas.

-El Roto publicaba hace poco una viñeta que rezaba “Oscurece, luego amanecerá”. No sé si se apunta a la idea.
-Puede ser. Políticamente, vamos a un monocultivo del Partido Popular, que va a tener la mayor concentración de poder de un partido político desde la Transición. A partir de ahí, puede pasar cualquier cosa. Aunque los partidos de izquierda están muy débiles, el hecho de que haya tanto movimiento ciudadano me da esperanza.

-Tiene más confianza en los movimientos ciudadanos que en los partidos políticos.
-Ahora mismo, sí. Sigo creyendo en los partidos políticos, pero creo que los partidos políticos se mueven si la sociedad les menea. Y creo que los movimientos ciudadanos van a ayudar a organizar alternativas políticas, no sé si sobre las siglas que están ahora o sobre otras nuevas.

-¿Cree que es posible que se cree un vaso comunicante entre unos y otros?
-Seguro que sí. Los políticos son mucho más permeables a lo que pide la sociedad de lo que la gente se cree. Lo que pasa es los problemas se vuelven importantes cuando la gente protesta. Los políticos no viven de espalda a la sociedad. Viven en burbujas. Pero incluso a las burbujas, cuando haces el ruido suficiente, llega el eco de las cosas.

-Es evidente el desencanto con la clase política en España. ¿Cuál es su diagnóstico y su pronóstico al respecto?¿Tiene alguna receta para que la situación mejore?
-Se han juntado varias cosas. Hay una cierta idea de que todos los políticos son iguales, que creo que es injusta. Por otra parte, hay una crisis institucional global. Lo decía Strauss-Kahn, cuando aún era una persona presentable: “la democracia no sobreviviría a un segundo rescate bancario”. Los ciudadanos no perdonarían que no se pusiesen los medios para evitar una injusticia tan evidente como que las pérdidas sean de todos y los beneficios sólo de los bancos. También ha habido muchas torpezas por parte de la clase política. No es de recibo, por ejemplo, que España sea junto con Italia –mire qué ejemplo– el país con más coches oficiales.



-Todos los científicos sociales auguran que las generaciones que vienen van a vivir peor de las generaciones anteriores. ¿Qué nos ha llevado a este pesimismo?
-A esta situación, más que a este pesimismo, nos ha llevado una contrarreforma que se inició en los ochenta. Cuando cae el muro, nace el pensamiento único: la única alternativa posible es el mercado. Un mercado que, por lo menos en Europa, estaba compensando por la necesidad de dar a las clases bajas una esperanza, un sustento y un mínimo de prosperidad para evitar una posible revolución. Con el fin del comunismo, esa necesidad desaparece. Además, la globalización acaba con la fuerza de los movimientos sindicales. Desde que el capital circula con libertad y las personas no, y los puestos de trabajo se pueden mover a cualquier parte del mundo, resulta muy difícil defender los derechos laborales. Esa contrarreforma va a más y nos lleva a un mundo cada vez más desigual.

-Usted mantiene que la crisis la están pagando quienes no la han provocado.
-Sin ninguna duda. La crisis la ha provocado una serie de comportamientos financieros absolutamente absurdos que llevaban a una situación en la que los que corrían los riesgos no asumían las consecuencias. Además, hay un sobrepago. El PIB de España ha descendido un 2-3%. Pero nuestro nivel de vida ha descendido mucho más. La diferencia entre este descenso y el del PIB es lo que nos han estafado.

-Al principio de la crisis se habló de refundar el capitalismo, pero eso se ha olvidado.
-Al igual que los sindicatos compiten localmente contra un problema global, que es la deslocalización, los gobiernos compiten nacional o regionalmente contra un problema global. Al capital le da igual: no bajas los impuestos, se va; no quieres ser un paraíso fiscal, se busca uno… Todos cavamos para que el agua llene nuestro agujero y siempre va a haber alguien que ponga unas condiciones mejores para el capital. En este sistema, estamos condenados a perder siempre, a hundirnos más y más.

-Por lo que apunta, la solución vendría de una mayor gobernanza global. Pero incluso las gobernanzas regionales como la UE se están descomponiendo.
-En Europa se dan los embriones para una gobernanza económica. Pero es un bebé sietemesino. Queda la duda de si hay posibilidad para la reforma o de si esto sólo se reformará cuando implosione, lo cual es algo terrible. A nadie le gustaría llegar a la revolución, pero nos esperan tiempos dramáticos.



-Pinta un panorama muy negro y, sin embargo, se declaraba optimista.
-Soy pesimista en lo global, pero optimista con las pequeñas esperanzas de cambio que van surgiendo.

-Suele hablar de una conspiración del silencio que lleva a pensar que no es posible hacer otra cosa que aceptar los recortes del Estado del Bienestar.
-Siempre te queda la duda. Cuando hablas con la gente del Gobierno te dice que no somos conscientes de la situación, de que si permaneces en el sistema tienes que cumplir sus reglas. Es cierto que el margen de maniobra del gobierno es escaso. Yo  critico no tanto por los recortes en sí como por no repartir la factura entre varios. Entiendo que hay que recortar el déficit, y de una manera drástica, porque la alternativa de una intervención es peor. Pero no entiendo es que las medidas para recortar el déficit no incluyan un impuesto para los más ricos, una fiscalidad más progresiva o un impuesto para el Patrimonio. También se podía haber rescatado a la banca de otra manera. Por ejemplo, haciéndose cargo de sus acciones y de sus consejos de administración. O renunciar a pagar la deuda, como hicieron Argentina e Islandia. Pero incluso sin llegar a esos extremos, había alternativas. Dentro del propio gobierno hubo debate. Lo sigue habiendo. Mucha gente dentro del Gobierno y del PSOE opina que hay que hacer otras cosas, aparte de las que se están haciendo.

-Lo que no se ve, en el actual panorama político, es alguien que tenga al mismo tiempo capacidad de Gobierno y capacidad de aplicar esas alternativas.
-Puede ser. Lo que se avecina es un Gobierno del PP, si no con una mayoría absoluta, con una mayoría muy holgada. La duda es que van a hacer después los partidos de izquierda tradicionales como IU y PSOE o partidos que están surgiendo ahora como EQUO: si van a ser capaces de construir una alternativa en 4, 8 o 16 años. De lo contrario, vamos hacia una italianización: una derecha unida y una miríada de partidos en la izquierda incapaces de gobernar. La socialdemocracia no tiene un modelo alternativo en estos momentos. La tercera vía era una vía muerta. Y la gente, si la alternativa es recortar o recortar, va a preferir votar a los profesionales de los recortes.



-En medio de la última campaña surgió el movimiento 15-M. ¿Por qué en esta fecha, si las condiciones para la indignación existían desde hace mucho?
-Esto se intentó varias veces antes. El 15-M es el triunfo de un montón de gente que lleva muchos años haciendo cosas y fracasando. Probablemente el que haya funcionado tiene que ver con que estábamos en campaña electoral. Aparte, hubo varias gotas que colmaron el vaso: la campaña electoral tan nefasta, los últimos datos de desempleo, el libro de Hessel y nuestra modesta aportación en España con Reacciona. También la existencia de referentes: el norte de África e Islandia.

-¿Qué recorrido le ve? ¿Cree que va a conseguir resultados tangibles?
-Ya los ha conseguido. Aunque se quede en lo que ha sido hasta hoy. Mirando al futuro, la clave de pervivencia del movimiento es la internacionalización. Los problemas que tenemos son globales y no se resuelven porque se les ataca localmente. Pero el 15-M ya lo ha conseguido. La movilización propuesta para el 15 de octubre ya se plantea a nivel europeo. Y el 15-M ha generado esperanza no sólo en España, sino más allá. Durante el mes de mayo, todo el mundo ha mirado a España. Además, es un modelo de protesta fácilmente exportable. Y precioso, y pacífico. Uno de sus mayores logros es hacer planteamientos transversales, que pueden ser compartidos por la derecha y por la izquierda: que no haya corruptos en las listas, que los votos vayan igual, que no gobiernen los mercados. Esos mínimos son muy valiosos. Generan un campo de juego para todos.

-Muchos opinan que los periodistas hemos contribuido a una cierta degradación de la vida pública.
-Mucho menos de lo que los políticos creen. Los medios no pueden ser culpables por reflejar la degradación de la vida política. Lo que degrada la vida política es que los diputados aprueben que con ocho años en el Congreso ya tienes derecho al tipo máximo de pensión mientras que, al mismo tiempo, aprueban el retraso de la edad de jubilación. No que los medios lo contemos.

-¿No cree que hay demasiado espectáculo y demasiada trinchera últimamente?
-Creo que lo ha habido siempre. No lo sé. Es el discurso de algunos políticos, desde luego. Pero creo que el problema no está en quien cuenta las cosas.



-Algo de lo que se habla poco, y que constituye una seria amenaza para la libertad de expresión en este país es la precarización de nuestra profesión, ¿no le parece?
-Es algo terrible. Aquí en España ha habido una situación desastrosa de empleo en la profesión periodística, pero tenemos una sobredimensión de cabeceras. En Chicago, había dos periódicos. Uno ha cerrado y el otro está a punto de hacerlo. Si Chicago puede tener dos periódicos, ¿Cómo es que Granada puede haber llegado a tener cinco? ¿Que alguna desaparezca es terrible porque hay menos puestos de trabajo? Claro. Pero no es un peligro para la información, sino para el gremio.

-La era del periodismo impreso está acabando y está empezando la del digital. ¿Cree que va a suponer cambios importantes para el periodismo?
-Van a cambiar muchas cosas. Para empezar, la estructura económica. El soporte papel es muy caro, y el digital muy barato. Eso hace que ahora sea relativamente sencillo hacer un medio rentable entre una o dos personas. Eso abre la puerta a que existan muchas más voces de las que existían, lo que va a provocar una mayor libertad de información. Y los sitios a donde no lleguen los periódicos llegarán las redes sociales. Lamentablemente, esto es todavía para una minoría, porque el acceso a Internet está generalizado entre los jóvenes, pero no entre las personas mayores. Será más difícil mantener las rentabilidades que existían en papel, lo que llevará a una degradación de los puestos de trabajo, pero, a la larga, será positivo. Digamos que lo que está pasando es malo para los periodistas, pero bueno para los lectores.

Como todo el mundo, Ignacio Escolar tiene un pasado (que él no oculta, por otra parte). Aquí os dejo una muestra de la maldición que arrastra el periodista burgalés.