Ya los antiguos pensaban que los dioses morían con cada noche y resucitaban con cada día. nuevo También los humanos lo hacemos. Cada amanecer es una oportunidad de ser mejores, de renacer más puros y enteros, de afrontar la vida sin renunciar a nada de nosotros mismos. En estos días que la costumbre hace eso más evidente, os dejo esta foto tomada en el Amazonas, en un pueblecito llamado Urucurituba en donde vivió un gran amigo mío durante un tiempo. Sirva como muestra de mis deseos de que en el año nuevo que comienza todos seamos capaces de renacer cada día, todos seamos capaces de no renunciar a nada de nosotros mismos.
Cúmulo de reflexiones, inflexiones e intoxicaciones. Posiblemente, sin sentido, aunque en su búsqueda.
31 de diciembre de 2010
30 de diciembre de 2010
Postal desde India - En el tren Jaisalmer-Delhi I
En la estación de tren de Jaisalmer cogemos el tren que nos ha de llevar, en unas 20 horas, hasta Delhi. Hace un calor sofocante. Grupos de jóvenes con la adolescencia a fiel de piel se pasean por el andén, gritones y llenos de ganas de vacilar a cualquiera, extranjero o no, con quien se crucen. Dentro del vagón, el calor es infernal, la atmósfera es opresiva y asfixiante. Fuera, el sol recalienta la cabeza y nuestro vagón está parado en una zona en la que no hay un maldito árbol que amortigüe la dureza de sus rayos. Sudamos. No sabemos muy bien si cocernos dentro o achicharranos fuera. Los asientos del vagón, que a todas luces ha conocido tiempos mejores, están bastante sucios. Los servicios exhalan olor a orín, un olor que se va haciendo más y más intenso conforme aumenta la demora de la partida.
Un nutrido grupo de militares se instala en el vagón, despejando la amenaza de tener que sufrir la compañía de adolescentes llenos de vitalidad que, según nos explican luego, son algunos de los numerosos reclutas que llegan a Jaisalmer, la última ciudad de cierta importancia antes de adentrarse en el desierto del Tar hacia la frontera con Pakistán, para incorporarse . Estamos en una zona militar y políticamente sensible. Soldados y oficiales visten uniformes de camuflaje y sombrero de tela. Cargan pesadas mochilas con espaldares de hierro, algún fusil automático y negras cajas metálicas que se nos antojan de munición, pero que podrían ser perfectamente de cualquier otra cosa.
En la cabina de al lado, dos turistas japoneses se han atrincherado con sus mochilas y sus botellas de agua en las literas superiores, y parecen dispuestos a defenderse de toda agresión o contacto como si les fuese la vida en ello.
En la cabina de al lado, dos turistas japoneses se han atrincherado con sus mochilas y sus botellas de agua en las literas superiores, y parecen dispuestos a defenderse de toda agresión o contacto como si les fuese la vida en ello.
Finalmente, el tren arranca. Una vertiginosa tormenta de arena penetra por las ventanas abiertas. Nos apresuramos a cerrar las de nuestra cabina, pero algunos de nuestros compañeros de viaje prefieren aguantar el polvo al calor. Alguien del grupo de tres turistas que formamos echa de menos la primera clase y maldice nuestra falta de previsión al comprar el billete. Personalmente, dudo de que haya primera clase en este tren. Salgo a la puerta del vagón, a ver si el panorama es distinto, pero me resulta imposible respirar con tanto polvo. Atravesamos el desierto del Tar a un ritmo parsimonioso, entre densas nubes de polvo que se mezclan con la espléndida columna de humo que despide la máquina de gasoil de nuestro convoy. Un panorama idílico para afrontar 20 horas de viaje, ¿no?
Un poco de música india servirá para amenizar la espera de la próxima entrega. Seguro.
Un poco de música india servirá para amenizar la espera de la próxima entrega. Seguro.
29 de diciembre de 2010
Frases para empezar un año
Una frase de Joseph Brodsky en un artículo de Guillermo Altares sobre Venecia me llamó la atención:
"nuestro amor es también más grande que nosotros mismos".
Me pareció una inspiración para empezar el año, y me recordó otra frase, sacada de una canción del grupo brasileño Legião Urbana. La canción se titula Pais e filhos (padres e hijos) y la frase dice:
"es necesario amar a las personas como si no existiese el mañana, porque, si te paras a pensar, en realidad, el mañana no existe".
La canción es preciosa y les dejo con ella:
Postal desde Canadá - Judy en la ventana
Ju está sentada en el alféizar de la ventana. Atardece mientras hablamos. Esperamos la llegada de sus hijos, que han ido a despedirse de Miss Angie, la dueña de esta casa para estudiantes en la que hemos estado alojados juntos durante un mes. No se puede decir que hayamos convivido. De hecho, apenas sí les he visto. Pese a todo, nos hemos cogido algo de cariño. Ellos son unos niños encantadores, muy alegres y curiosos. Ella, una mujer callada que se sorprende mucho de casi todo lo que digo. Problemas culturales, no lingüísticos. Ni su inglés ni el mío son tan malos como para no comprender las palabras que pronunciamos. Pero nuestras culturas y visiones de la vida son tan diferentes que ella no comprende mucho de lo que le digo y yo no llego ni a intuir todo lo que calla.
Hoy las cosas cambian un poco: los niños no están y en una hora a lo sumo desapareceremos, casi con toda seguridad para siempre, el uno del otro de nuestras vidas. En estas condiciones, Ju rompe un poco su silencio. Me habla de su vida en Indonesia, un país del que ignora casi todo pese a llevar viviendo allí algunos años. La familia de su marido, taiwanés como ella, tiene allí una fábrica de textiles. Ella lleva una vida totalmente extranjera, sin relacionarse apenas con nadie, tan sólo los niños y algunos parientes de su marido. Por momentos, su voz dice sin decir que le gustaría que las cosas fueran de otra manera, pero que, claro, están los niños, ella no tiene ni oficio ni beneficio... Enumera los viajes que le esperan en breve: vuelta a Taiwán e Indonesia, una posible escapada a Australia para seguir mejorando el inglés (en realidad, una excusa para escapar a la monotonía).
La silueta de Ju, recortada contra la luz de las farolas que rompen la oscuridad de la noche que se adueña de la calle, me recuerda la de los pájaros enjaulados. Sólo le falta el detalle de la jaula. Pero ella y yo sabemos que existe, aunque no se vea. De oro, pero jaula después de todo.
De repente, se oyen gritos en la calle de este suburbio de Vancouver, lleno de casas de madera prefabricada al más perfecto estilo americano, con su jardín y sus vecinos que viven encerrados en sus vidas domésticas. Son los niños, que llegan con su carga de juegos y risas, iluminándolo todo y encerrando de nuevo a Ju en su silencio. En breve vienen sus parientes a recogerles para llevarles al aeropuerto. Yo me quedo solo, pensando en la oscuridad del salón de esta confortable casa de la parte este de Vancouver, en el estado de British Columbia, al oeste de Canadá acerca de las distintas formas de soledad que existen en este planeta.
Les dejo con un gran solitario: Elvis Presley.
Les dejo con un gran solitario: Elvis Presley.
22 de diciembre de 2010
El ángel de la historia y el ángel de la magia
Walter Benjamin hablaba del ángel de la historia. Un ángel al que un viento que sopla desde el Paraíso arrastra indefectible hacia el futuro. El ángel se resiste, y no deja de mirar hacia el pasado, contemplando las ruinas de sucesivas civilizaciones que los humanos vamos dejando detrás de nosotros, osamentas de modos de convivencia presuntamente ideales que pudieron haber sido y no fueron, o que fueron y dejaron de ser.
Estoy seguro, o quiero estarlo (tal vez es la Navidad y su colección de buenos sentimientos y deseos, tan ajados en muchas ocasiones como necesarios siempre), de que, junto a ese ángel de la historia, cargado de terribles buenas intenciones de esas que acaban empedrando el infierno, existe algo así como el ángel de la magia.
Si el ángel de la historia se ve arrastrado por leyes rígidas, inexorables, el ángel de la magia es mucho más libre. Vuela cuándo y dónde quiere. Las trayectorias del vuelo de ambos ángeles no son, pues, coincidentes. A veces, transcurren paralelas; la mayor parte de las ocasiones son divergentes. Sin embargo, en algunas increíbles ocasiones, convergen. Son muy contadas las oportunidades en que ese acercamiento es tan profundo que ambas trayectorias se entrelazan, unen su potencia y dan lugar a acontecimientos únicos.
Bromeaba con mi chica, un poco borracho, especulando acerca de las tres únicas ocasiones en que eso pasará durante la existencia de este mundo. Le decía que la primera fue cuando Adán y Eva se besaron, inventando el amor romántico; que la segunda fue en Navidad, cuando alguien que se supone que es Dios se hizo hombre y con ello nos hizo dioses a todos y que la tercera está por llegar. Cuando suceda, en este mundo habrá definitivamente paz y justicia para todos los seres humanos. Evidentemente, mi leve intoxicación etílica y mi deseo de seguir teniendo su mirada pendiente de un cuento que me iba inventando al mismo tiempo que lo verbalizaba, me hizo recurrir a manidas ideas románticas, viejas reminiscencias de mi en otros tiempos acendrado cristianismo y buenos deseos voluntaristas.
Junto a esas ocaciones realmente únicas en que el ángel de la historia y el ángel de la magia entrelazan sus trayectorías y bailan para nuestra felicidad sobre esta tierra tan castigada y ajada por movimientos telúricos milenarios y el sufrimiento de miles de millones de personas a lo largo de la historia, hay también ocasiones en que sus trayectorias no llegan a entrelazarse, pero sí que se rozan, se cruzan tangencialmente. Por muy leve que sea ese roce, la fuerza que impulsa a los ángeles es tan potente que produce una enorme descarga de energía.
En esos momentos, acontecimientos igualmente preciosos suceden. Mientras iba desgranando alguno de los que para mí son algunos de esos momentos singulares (la carrera de Bob Dylan, las novelas de Vargas Llosa y García Márquez, los ensayos de Camus), contemplaba la mirada y la sonrisa de mi chica y ver que seguía atenta al cuento me hacía sentir feliz, como si el ángel de la magia nos estuviese tocando en ese momento.
En fin, tal vez sea porque los efectos de esa leve intoxicación etílica persisten o porque la fe de mi chica siempre me impulsa a escribir y a buscar lo mejor de mí mismo, el caso es que no me resistí a hacerles partícipes de mi teoría de los dos ángeles. No me digan que no es bonito (sería mejor decir necesario) creer en que existe algo más que un ángel de la historia, ese ángel que ahora mismo condena a tantos a ser triturados en el molino satánico de la crisis permanente de la civilización capitalista, acentuada estos dos últimos años si cabe por la falta de frenos a la codicia y ambición de los pocos en detrimento de unos medios adecuados para la vida honesta de todos. Sé que los tiempos no invitan al optimismo, pero, como decía hoy Ignacio Escolar, siempre se puede hacer algo.
Llevado por tan buenos deseos, les dejo con Dylan y Lennon. Sin duda, dos tipos nacidos de la confluencia de historia y magia. Sirva toda esta digresión como felicitación navideña.
16 de diciembre de 2010
Postal desde Cuba - Un desayuno en Santa Clara
Acabamos de levantarnos y el calor es ya sofocante. Nos desperezamos y bajamos a la cocina a la espera de que lleguen Marisa y Susana, que se quedaron a dormir en casa de Dora. Alfredo, Fer, Pedro y yo hemos dormido aquí, en casa de Tony. No tenían sitio para todos en una misma casa y no consintieron de ninguna manera que nos fuéramos a una casa de huéspedes o un hotel. Todo ello, pese a que sólo conocemos a esta familia de forma tangencial. Ernesto, uno de los hijos de Dora, trabaja con la hermana de Susana y Alfredo y, cuando supo que veníamos a Cuba de viaje, nos dio algunos paquetes para su familia. Hicimos idea de pasar a visitarles, por tener algún contacto local no mediatizado por nuestra condición de turistas y aquí estamos. Pese a no conocernos de nada, la conversación fluye con naturalidad, como si fuésemos parientes o amigos de toda la vida. Sólo sentimos una punzada de pudor cuando nos preguntan por Ernesto, por cómo está.
Estamos en la ciudad de Santa Clara, en el corazón de la isla. el lugar en el que el Ché Guevara, descarrilando un tren blindado, abrió definitivamente las puertas de la victoria a una revolución que fue pura, que fue necesaria y que, vista de cerca, sin los idealismos llenos también, por decirlo todo, de mala conciencia, no resulta tan justa, tan laicamente santa. Patria o muerte, venceremos, es un slogan que queda bonito en los posters, pero que en la cotidineidad resulta un callejón sin salida, a veces angustioso, incluso para los pueblos mestizos tocados por el don de la alegría que da la luz del Caribe.
Estamos en la ciudad de Santa Clara, en el corazón de la isla. el lugar en el que el Ché Guevara, descarrilando un tren blindado, abrió definitivamente las puertas de la victoria a una revolución que fue pura, que fue necesaria y que, vista de cerca, sin los idealismos llenos también, por decirlo todo, de mala conciencia, no resulta tan justa, tan laicamente santa. Patria o muerte, venceremos, es un slogan que queda bonito en los posters, pero que en la cotidineidad resulta un callejón sin salida, a veces angustioso, incluso para los pueblos mestizos tocados por el don de la alegría que da la luz del Caribe.
Dora, la matriarca de la familia, nos pregunta si queremos comer unos huevos fritos para desayunar. Los chicos decimos ingenuamente que sí. Nos hemos acostumbrados a unos desayunos en general opíparos en las casas de huéspedes en las que nos hemos alojado a lo largo de una semana de estancia en Cuba. Desayunos servidos por gente humilde y luchadora como Dora y su familia, pero que, debido a su negocio, tienen acceso al maná en forma de billetes con la efigie del fundador del imperio. Ese imperio tan cercano y tan lejano, tan amenaza y tan, para muchos también, promesa.
Mientras se prepara el desayuno, no sabemos cómo, surge la conversación sobre la cartilla de racionamiento. Dora –¿O Guillermo, su otro hijo varón?– nos cuentan con naturalidad, entre otras cosas, que incluye cuatro huevos por persona adulta al mes. Una miseria, pensamos automáticamente. A continuación, nos damos cuenta de que es lo que generosamente nos han regalado. Cuatro tipos hechos y derechos, occidentales bien alimentados, nos disponemos a devorar la ración de huevos de un mes de un cubano adulto. Ya no hay vuelta atrás. Los huevos se están friendo. Sería una descortesía rechazarlos, tan sólo un intento inútil de despojarnos de la vergüenza que sentimos avergonzando a nuestros huéspedes, trazando una línea entre ellos y nosotros, haciendo explícito el hecho implícito de la diferencia de estatus. Aquellos huevos fritos son, posiblemente, los que menos he disfrutado en mi vida.
Para quitar el mar sabor de boca, nada mejor que el buen son, ya sea al estilo clásico:
o al moderno:
Mientras se prepara el desayuno, no sabemos cómo, surge la conversación sobre la cartilla de racionamiento. Dora –¿O Guillermo, su otro hijo varón?– nos cuentan con naturalidad, entre otras cosas, que incluye cuatro huevos por persona adulta al mes. Una miseria, pensamos automáticamente. A continuación, nos damos cuenta de que es lo que generosamente nos han regalado. Cuatro tipos hechos y derechos, occidentales bien alimentados, nos disponemos a devorar la ración de huevos de un mes de un cubano adulto. Ya no hay vuelta atrás. Los huevos se están friendo. Sería una descortesía rechazarlos, tan sólo un intento inútil de despojarnos de la vergüenza que sentimos avergonzando a nuestros huéspedes, trazando una línea entre ellos y nosotros, haciendo explícito el hecho implícito de la diferencia de estatus. Aquellos huevos fritos son, posiblemente, los que menos he disfrutado en mi vida.
Para quitar el mar sabor de boca, nada mejor que el buen son, ya sea al estilo clásico:
o al moderno:
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