28 de noviembre de 2012

Smoking all over the world - Nápoles


La foto es mala, y el modelo no es bueno. Pero el momento era fantástico. Hace algo más de un mes (sí, hace mucho que no escribo en este blog) que estaba en Nápoles, una ciudad enloquecidamente decadente. En concreto, la foto está tomada en el castillo del Huevo, una imponente fortaleza medieval que parte en dos la línea costera de la ciudad. Al fondo, medio oculto por las nubes, el legendario Vesubio, el sepultador de Pompeya y Herculano.

Viajé solo. Un par de amigos estuvieron a punto de sumarse al viaje en algún momento. No lo hicieron, y tal vez fue mejor así. Era un viaje, en el fondo, para saldar cuentas. Eso sí, no sé muy bien con quien. Tal vez con el pasado, tal vez con el presente o quizás con el futuro. ¿Conmigo mismo? No lo sé. ¿Con el resto del mundo? No tendría por qué, ¿no? Tal vez con todo y con todos. Si averiguo más sobre el tema, prometo contároslo.

Un amigo mío me había advertido que tuviera cuidado con Nápoles, ciudad que él había conocido hacía unos años. No vi allí mucho peligro, aparte del de sucumbir a los miedos de uno. Pero ese peligro nos acecha siempre. Se esconde en los billetes de avión y de tren, pero también en los amores, y hasta desde debajo de la tapa del váter de tu casa de siempre te puede sorprender.

Vi una ciudad llena de iglesias barrocas y de fantasmas que aparecen y desaparecen por entre las piedras carcomidas por el tiempo en las callejas de su casco histórico. Comí la mejor pizza que he probado nunca. Sentí el gusto agridulce de la soledad y conocí algo más del mundo. Son, sin duda, bastantes cosas para tres días. Y suficiente excusa para volver a escribir en este blog.

Como dicen que las imágenes valen por mil palabras, aquí os dejo más de 40.000.  Es sólo hacer click

Bueno, y una canción. Una canción de las eternas. Cómo Nápoles.

2 comentarios:

Índigo dijo...

Las fotos no las puedo ver. La del modelo que sale como inicio de la entrada no está tan mal. El relato, corto, pero con la brevedad justa para una vuelta tras una ausencia, y de Azzurro, ¿qué te voy a decir?, que lo escuchaba en mis años de estudiante en Madrid, escuchando Flor de Pasión, en Radio Tres. De eso hace muchos años y todavía escucho, en ocasiones, la voz de Juan de Pablos y este Azurro de Celentano. No sé si será por eso que aún me sigue gustando el azul, el añil y el índigo. Y no, no nos conocemos.

Saludos en añil.

cortescarrasbal dijo...

Hombre, es normal que te guste azzurro, teniendo como apodo índigo. Gracias por el piropo. En tu foto de perfil el mar también sale muy favorecido.