2 de agosto de 2013

Desmentidos / señales de vida

¿Quién piensa en escribir cuándo el sol desmiente la idea del miserable verano inglés, te tienes que comprar pantalones cortos y sacas del armario las olvidadas chanclas y hasta hay tormentas casi tropicales en las lejanas latitudes del norte? Notas que tu corazón se mueve acompasada, humanamente mientras corres por Clissold Park y ves cómo los perros se lanzan como rayos fieramente vitales tras de un frisbee multicolor. En Broadway Market, la gente se divierte y los hipsters sueñan con comerse el mundo y a ti te hierve la sangre en las venas en medio de una danza aparentemente interminable de escotes, minifaldas y encajes que llaman al deseo que se concreta de camino a la casa conocida, en la suave noche, a través de London Fields.
Conoces la ciudad mientras la recorres buscando un nuevo sitio para vivir, lo que te desespera y te enerva, pero te hace sentir vivo al mismo tiempo. Odias y amas tu nueva lengua que todavía no dominas, luchas por persistir, forjas amistades. Todo bajo el sol nutritivo de un país que no es el tuyo, pero que en estos días luminosos sueñas con que lo sea. Comes y cenas en parques, restaurantes argentinos o vietnamitas, montas y bajas de autobuses, recibes visitas de viejos amigos y conocidos... Vives.
Si alguien pensaba que me había ido, lo desmiento. Si alguien pensaba que sólo puedo escribir post melancólicos lo desmiento. Si alguien pensaba que el verano no existía en esta dura tierra de Britania, lo desmiento también.
Hoy no hay canción de nadie más que de mí, porque mi canción es suficiente y me basta.

23 de junio de 2013

El miserable verano inglés

Había oído hablar de él, por supuesto. Pero es muy diferente escuchar que vivir. Hoy es 23 de junio y desde mi ventana se divisa un día desapacible. Un día casi de invierno. El cielo está completamente gris, es más que probable que llueva y el viento agita permanentemente las copas de los árboles que rodean mi casa. No es que sea un día particularmente malo. Ha sido así toda la semana. No he mirado la previsión del tiempo para la que viene, pero es bastante posible que el tiempo no cambie mucho.
En momentos así, me acuerdo de la risa de Chiara, una compañera de trabajo, cuando le dije que mi plan era no tomar unas vacaciones largas hasta septiembre u octubre porque así podría disfrutar del verano aquí. "Yo también hice eso mi primer verano en Londres", alcanzó a decir, antes de soltar una carcajada.
La belleza de esta ciudad es una belleza dura, como su clima. Como su gente. Incluso los ingleses más abiertos e internacionalistas que conozco están orgullosos de su peculiar manera de hacer las cosas. De su capacidad, a veces fronteriza con la arrogancia, de adaptarse a situaciones duras, de su estoicismo, de su flema.
Cuando llevas un tiempo viviendo aquí no te sorprende en absoluto. Nunca sabes cuándo vas a tener sol, cuando el tiempo te va a permitir relajarte tranquilamente en un parque, disfrutando del aire libre. Los nativos (y los no nativos camino de naturalizarse después de años viviendo aquí) aplican ese estoicismo del que hablaba y no renuncian a usar la manga corta o las sandalias, coger la bici, hacer barbacoas o cualquier otro tipo de cosas que en un país acostumbrando al sol y la buena temperatura nos parecen locuras.
Para gente como yo acostumbrada a latitudes más cálidas puede ser bastante deprimente. Sé de más de un caso de gente que no ha podido aguantarlo y se ha vuelto. No les critico. Más bien al contrario, tienen toda mi solidaridad.
Por otra parte, aunque los ingleses se resistan a reconocerlo y pongan al mal tiempo buena cara, a ellos también les pesa. Sus conversaciones están llenas de sarcásticas referencias metereológicas y sus vacaciones siempre buscan ese rayo de sol hua-co-co que ilumine un poquito su corazón. Se cuenta que incluso Alex Ferguson, el mítico entrenador del Manchester United, recién retirado, sometía a sus jugadores a sesiones de rayos uva para aumentar su tono vital y mejorar su rendimiento.
Aún con las cosas buenas que me van pasando aquí, que no son pocas, no puedo dejar de echar la vista atrás y sentir nostalgia cuando hablo con mi gente y me cuenta de las cosas, las personas y los lugares que identifico como míos. Hay ratos en los que estar sentado en una terraza en Toledo, Guadalajara o Madrid tomando una cerveza a las diez de la noche y sintiendo el alivio de una ligera brisa tras un día de calor me parece el mayor de los placeres imaginables.
Todo tiene sus pros y sus contras, claro. Así, el día en que una tarde de cielo despejado ilumina los normalmente grises y mustios edificios de esta incansable ciudad de comercio, dinero, almas rotas y vagabundos venidos desde los confines de todo el universo conocido, la alegría que sientes es difícilmente descriptible. Tomar una pinta sentado en las mesas exteriores de un pub apurando las horas de luz del verano te hace sentir en el paraíso. Ni siquiera importa si la conversación es buena o no. El simple hecho de estar allí te hace creer que es posible relajar los hombros, bajar las defensas y pensar que esta ciudad no es sólo un lugar de destierro, sino un sitio en el que poder construir una vida. En eso estamos.
Para cerrar este post os invito a escuchar algunas canciones que me acompañan estos días. Sé que me repito (en los post y en las canciones), pero me da absolutamente igual. Además, por supuesto, no tenéis ninguna obligación de oírlas.



13 de junio de 2013

Sangres


Londres es una ciudad de pulso acelerado. Tanto que no me deja tiempo para escribir. Bueno, puede que mi pereza también influya. Los días pasan y no encuentro el reposo mental necesario para sentarme delante del ordenador y escribir. Pasó mayo con su carga excesiva de trabajo y estudio. Pasó incluso una breve visita a España, más familiar que otra cosa y con poco tiempo para los amigos. Pero qué bueno es ver la sonrisa de los tuyos en directo. Más de un mes después, aquí me tenéis, sentado al teclado ante la página en blanco, intentando interpretar la melodía de mis incertidumbres, que no dejan de ser muchas.
Pero bueno, decía que Londres es una ciudad de pulso acelerado. Y me gusta pensar que lo es por la diversidad de las sangres que corren por sus venas nunca en reposo. Es una diversidad que asusta tanto como gratifica. Depende de si de ese día miras la vida como aventura o como tarea. Nunca deja de ser las dos cosas, claro.
Juego al fútbol con una panda en la que se mezclan, que yo sepa, ingleses, un francés de origen vietnamita, un sueco, un par de italianos, un sirio, un argelino, un español torpe (yo mismo, sí, lo habéis adivinado), un polaco y un bielorruso.
En mi curro -hablo sólo de mi departamento de comunicación- hay una inglesa hija de exiliados chilenos, una argentina, una belga hija de alemanes casada con un francés, una suiza casada con un americano, una libanesa con un novio español...
Diversidad es, sin duda, una palabra clave. Para no aburriros con más recuentos, os cuento simplemente lo que me sucedió el domingo. Quedé con un amigo medio español medio venezolano y fuimos a comer al South Bank, una zona totalmente renovada en la orilla sur del Támesis, con multitud de instituciones culturales (cines, teatros, salas de conciertos, restaurantes, etc...). Tras un sábado de sol y cierto calor, el domingo era un día gris y desapacible. 
Comimos en un restaurante oriental y empezamos a caminar hacia el oeste en busca de un café. Al pie del London Eye vimos un gran grupo de sijs, cuya intensidad fue aumentando hasta que en Whitehall, entre el ministerio de Defensa y el 10 de Downing Street (la residencia oficial del primer ministro) vimos una concentración de ellos pidiendo la liberación de un sij condenado a muerte (sé que un periodista debería dar más detalles, pero estaba de paseo dominical). Ante la falta evidente de cafés, seguimos caminando hacia Trafalgar Square. Delante de la National Gallery asomaban tres grandes cúpulas que, cuando nos acercamos, resultaron ser tres grandes carros de colores rodeados de Hare-Krishnas. Varios cientos de personas de diversa procedencia racial bailaban alrededor de ellos al ritmo de tambores, armonios, acordeones... Tan sólo un par de metros a su izquierda, un grupo de como medio centenar de personas sostenían banderas rojas con hoces y martillos y banderines con el retrato de quien me pareció ser Abdullah Ocalan, el histórico líder independentista turco-kurdo.
Todas las sangres todas, cantaba la vieja canción... Aquí hay muestras de un buen puñado de ellas.

5 de mayo de 2013

Volver a ¿casa?

El pasado fin de semana estuve en España. Era la primera vez que volvía a mi país después de mudarme a Londres para trabajar para Amnistía Internacional (ya sé que los que seguís este blog sabéis por qué estoy aquí, pero voy a hacerle un poco de publicidad a mi organización, que al fin y al cabo lucha por defender los derechos humanos). Fue un gran fin de semana, con boda y cumpleaños incluidos. Una oportunidad de comprobar que los afectos siguen intactos, que los amigos siguen siéndolo y que realmente existen, están allí y son algo más que mensajes enviados codificados en el código binario de la informática. No es que dudase de que fuera así, pero la fe crece cuando se ven los milagros.
La visita dejó en mi varias impresiones profundas. La primera fue la impresión de un país paralizado y triste. Cuando llegué a Barajas y salí de la zona de recogida de equipajes a las salas del aeropuerto sentí que el tiempo se había detenido. Como en esas películas en las que el protagonista puede parar el tiempo y sigue avanzando en medio de una multitud congelada. Además, hacía un día nublado y frío, más propio de Londres que de Madrid y se me ocurrió pensar que, maldita sea, Merkel se había llevado hasta el buen tiempo para hacernos pagar  por nuestro pecado de haber vivido por encima de nuestras posibilidades.
Me dije que sería algo puntual, pero, cuando salí de la boca del metro en Alonso Martínez, en el centro de Madrid, tuve la misma impresión. Menos gente que de costumbre en las calles del centro de la ciudad, y más triste. Puede ser que estuviese sugestionado, predispuesto a verlo así. No lo voy a negar, pero así lo viví y así lo cuento.
La segunda impresión profunda fue la alegría de volver a ver a Ángel, un colega al que quiero como un hermano, sentado en una de las mesas de El Bierzo, una casa de comidas en el centro de Madrid que desde que me la descubrieron unos ex compañeros de curro del Círculo de Bellas Artes (sí, sí, la publicidad continúa) se ha convertido en un lugar de culto para mí. Nada especial. Decoración años duros del franquismo, camareros veteranos con sorna veterana y seca amabilidad castellana y comida casera pero profundamente honesta, como gustan de decir los ingleses. Pero uno de esos lugares que, por la razón que sea, se quedan en tu vida como algo más que un sitio por el que pasaste una vez. La alegría de ver a Ángel era la alegría de volver a estar en casa. De pisar el territorio de los afectos profundos que había abandonado hacía un par de meses.
Esos afectos no faltaron a lo largo de los siguientes días. El fin de semana fue todo un baño en el aceite y el perfume de viejas amistades renovadas. Un baño sanador. Familia, viejos amigos de Guadalajara y de Madrid. Los viejos compañeros del tiempo del instituto reunidos para celebrar la felicidad de Garri. La extensa pandilla de Guadalajara reunida alegremente para celebrar los cumpleaños de Ángel y Susana, con la sorpresa de la llegada de Miguel, un gallego que vive en Toledo y, en el fondo, en su propio mundo de música y cine.
Tantas emociones se acumularon el domingo a la hora de despedirme de mi sobrino, al que quiero con toda mi alma porque, entre otras muchas cosas -todo el mundo lo dice y yo no lo niego, todo lo contrario- se parece mucho a mí. Física y -hasta el momento- psicológicamente. Es un tipo brillante (ejem) pero enormemente despistado. Curioso para lo que quiere y renuente a que le marquen la línea a seguir, testarudo, vacileta y predispuesto a creerse más listo que los demás.
En fin, que me voy por las ramas. Darle el beso de buenas noches el domingo, después de improvisar una accidentada historia de Londres, interrumpido constantemente por sus preguntas me costó un segundo ataque de tentativa de llanto, que reprimí porque todo el mundo sabe que los hombres no lloran.
Al día siguiente, todavía atontado por un madrugón Ryanair (sí, el servicio es una mierda, pero pocos pueden competir con sus precios), llegué a un Londres que me recibió con sol. Tal vez fue esa la razón por la que me pregunté si era en ese momento que estaba volviendo a casa, después de un fin de semana de lluvia y frío en España. Tal vez no. Tal vez es que esta ciudad empieza a ser un poco mi ciudad, mi casa. El caso es que la confusión de sentimientos me sorprendió gratamente. Pensé que iba a ser duro volver al exilio después de un fin de semana de interrupción. Y no ha sido para tanto.
Eso sí, el interrogante queda planteado. La próxima vez que vaya a España, ¿estaré yendo a o saliendo de casa? La próxima vez que regrese a Londres, ¿estaré volviendo de o regresando a casa? A lo mejor es más simple que todo eso. A lo mejor estoy simplemente viajando de mi primera a mi segunda casa. Espero que el orden de factores no afecte el producto, porque ahora mismo me cuesta poner un uno y un dos.
En cualquier caso, les dejo con un par de canciones sobre casas y hogares.


15 de abril de 2013

Winter is going

Ayer sentí la primavera. Tras un día dormitando en casa y tratando de estudiar algo -llegué a Londres arrastrando un Máster en Política y Democracia que ya sé que no terminaré este año-, la posibilidad de tomar una cerveza con una compañera de trabajo y una amiga suya en un pub no lejos de casa consiguió sacarme de casa.
Salir fue una decisión totalmente acertada. Una gloriosa batalla ganada a la pereza.
Pertrechado con mi juego de doble cazadoras que no me abandona desde que llegué -y que, a veces, me veo en la obligación de reforzar- me di cuenta con alegría de que me sobraba la mitad de la ropa. Aventurero de repente, no tomé el camino conocido, sino que dirigí mis pasos a través de las verdes praderas de Highbury Fields, uno de los numerosos parques que existen en lo que ya creo que puedo llamar "mi barrio" en Londres.
Un cálido y ya decadente sol teñía todo de una luz dorada y tan cálida como pueda serlo el abrazo de una madre a un niño de dos años. Y la realidad abrazada sonreía con la misma candidez que ese niño imaginario, y parecía que el mundo acababa de nacer. O que yo acababa de nacer y estaba descubriéndolo. De alguna manera, era así, porque esta ciudad se transforma con el sol. En el fondo, todas los hacen. Pero aquí el sol es tan escaso que hace la transformación incluso más grande. Así que estaba ante una ciudad nueva. Y ahora que esta ciudad es mi mundo, ante un mundo nuevo.
Mi primer paseo dominical con sol en Londres fue tan solitario como acompañado. De alguna manera, sentía que toda la vida que me rodeaba -personas que no conocía y que hablaban plácidamente por móvil sentadas en un banco mientras descansaban de su recorrido en bici; los y las corredoras y corredores que jadeaban mientras superaban sin problemas a un paseante distraído, absorto en lo que para él era un mundo nuevo; las ardillas que subían y bajaban a los árboles enfrente de mi casa, las parejas que paseaban tomadas de la mano (las más jóvenes) y las que observaban atentamente los dubitativos recorridos de sus niños (las algo más mayores)- se alegraba tanto como yo del hermoso día de primavera (¡por fin!) que Londres nos regalaba. Y que éramos como hermanos por un momento en esa alegría común.
Tras las colinas onduladas de verde resplandeciente, las vetustas casas (eduardianas, victorianas, qué se yo, todavía no he aprendido a distinguir los estilos arquitectónicos característicos de la ciudad) que normalmente parecen grises contenedores de tristeza eran de repente relucientes hogares rebosantes de buena voluntad y ganas de vivir. Los fumadores no se apretujaban debajo de escasas cornisas mirando al cielo y maldiciendo la nieve o la lluvia, sino que, en mangas de camisa o con leves cazadoras, exhibían su vicio en mitad de las aceras, sentados en grandes mesas de madera o hablando a voz en grito por el móvil.
Me acordé de Caetano Veloso y su canción Alegria, alegria y del verso en que se pregunta que quién puede leer noticias en un plácido domingo soleado. Yo decidí hacerle caso y no compré el periódico. Ninguna noticia me interesaba más ayer que la certeza (tal vez equivocada, es verdad, pero no menos sentida) de que el invierno comienza a decir adiós.
Les dejo con el maestro:

1 de abril de 2013

Frío

La última semana ha sido rica en acontecimientos, así que no estaba seguro acerca de qué título ponerle a esta entrada. Pero me he decidido por el de "Frío" porque creo que resume muy bien una buena parte de mi experiencia londinense. Alguien podrá pensar que algún lapsus freudiano ha influenciado el título y posiblemente tenga razón. No voy a discutir por eso.
Pero elementos subconscientes aparte, la verdad es que la temperatura media del casi mes y medio que llevo aquí apenas debe superar los tres grados. Y no poca parte del tiempo hemos estado a uno-dos bajo cero o uno-dos sobre cero. Poco más. Lo que uno tiene ganas de verdad es de hibernar. Salir a la calle supone un esfuerzo cuanto menos mental. Y hacer cosas que en otras latitudes parecen tan comunes como salir a correr o a pasear uno ni se las plantea.
Puede que la razón sea que soy, al fin y al cabo, latino y mediterráneo. A la mayoría de los aborígenes (aquí, claro, los ingleses lo son, aunque no creo que les gustase ser llamados así) no parece afectarles. He visto gente nadando en piscinas al aire libre a las ocho de la mañana, invitadas a bodas con los hombros y el escote expuestos al aire helador de la noche, gente corriendo en pantalón corto... No son naves ardiendo más allá de Orión pero, ciertamente, llaman la atención.
El caso es que la temperatura es la que es y yo no puedo hibernar. Tengo que trabajar y construirme una vida en la que también haya espacio para el ocio y la amistad. Así que, ahí me tenéis, jugando al fútbol y tomando pintas a dos bajo cero. ¡A mi edad...!
Sin embargo, hay cosas que hacen que la temperatura suba. Probablemente tiene que ver con que, según dicen, la percepción del frío y del calor tiene mucho de psicológica. Así que esta Semana Santa ha sido cálida para mí en Londres. Vino a verme mi familia en forma de hermana, cuñado y dos sobrinos.
Resulta "cool" decir que la familia es un coñazo. Y muchas veces, la verdad, lo es. Pero también es una tabla de salvación afectiva. Y más cuando estás lejos. Sabes que perteneces a algo. Algo difuso, tal vez, pero algo. Sabes que hay alguien que se preocupa por ti. A veces demasiado. A veces de forma un tanto castradora, vale. Pero se preocupa. Y cuando pasan varios días seguidos en los que uno se siente un extraterrestre venido a menos, o un astronauta olvidado, es bueno saber que allá lejos, en Houston, hay alguien revisando los controles. Si mandan una sonda espacial con comida (o con tabaco a precio razonable, como es mi caso), el acontecimiento resulta ser, aunque trivial para la Humanidad, de primera magnitud para ti.
Lo malo es que, cuando la sonda y su tripulación parten de nuevo, tienes que volver a los vicios solitarios del astronauta y, además, tiendes a compadecerte contemplando el vacío que te rodea, que es más vacío que antes, aunque sea el mismo. Es entonces cuando notas que la temperatura ha bajado. Los visitantes se han dejado la puerta de la estación espacial abierta, claro. Vas a cerrarla y te quedas mirando la estela de polvo que la sonda deja atrás en su camino de vuelta a la tierra, suspiras, respiras hondo y, sin que el comandante de la estación interestelar lo sepa, te enciendes un cigarrillo y, antes de cerrar definitivamente la puerta, te escapas al pub más cercano a echar una pinta y sentirte menos marciano mirando el último partido del domingo de la liga española de fútbol.

(Atardecer a las puertas del aeropuerto de Heathrow o, si queréis un título más poético, "Estampa de la melancolía")


23 de marzo de 2013

Perspectivas

Hoy desde mi ventana se divisa un pequeño parque nevado. Ha comenzado la primavera pero, según dice todo el mundo aquí, la verdadera primavera tarda en llegar. Sin embargo, en el parque, unas plantas parecidas a tulipanes (ignoro casi todo acerca de la floricultura) resisten los embates del frío. Esta es mi actual perspectiva. Una perspectiva muy diferente a la que tendría en Madrid, o en Guadalajara. Cuando voy en los llamativos autobuses de dos pisos que son marca distintiva de esta ciudad que ahora es mi casa, la perspectiva es también muy distinta. Más alta, claro, qué obviedad. Pero no es sólo una cuestión de física. Es también una cuestión de emociones.
A un mes de mi llegada, todavía estoy en una especie de limbo. Sé que ésta es mi ciudad (o lo va a ser por unos meses, cuando menos), pero todavía la miro desde fuera. Tal vez es la cuestión del idioma, pero no sólo. Son muchas las cosas que cambian, aún siendo básicamente las mismas. No sólo el paisaje, por supuesto. Son los usos, las costumbres. Y además de todo eso está, claro, la constancia de la lejanía de las que casi siempre han sido tus cosas de siempre.
Mirar desde fuera tiene su parte divertida. Es como si las cosas no fueran contigo. No del todo, al menos. Eso es lo que nos excita de los viajes. Ese poder que te dan para ser otro por unos días. Para pensar que es posible una vida diferente, lejos de los pesos que todos arrastramos en nuestra vida cotidiana. Así que aquí estoy, sintiéndome alegremente ligero. Como flotando, en cierto sentido. De alguna manera, soy como uno más de los copos de nieve que hoy han caído sobre la ciudad. Voy planeando sobre ella, sabiendo que es mi destino, que he de caer sobre su suelo y, más temprano que tarde, fundirme con él, pasar a formar parte de esta tierra.
Esta perspectiva alegre tiene también su reverso. A veces, a pesar de que la caída es plácida, no puedo evitar cierto sentimiento de vértigo. Entonces, me gustaría estar ya posado sólidamente sobre el suelo. En el fondo, me gustaría estar ya formando parte de otros suelos de los que he formado parte antes. Pero sé que no es posible. Soy sólo un copo de nieve que poco puede hacer por acelerar su caída o elegir el suelo sobre el que va a reposar (esto último suena demasiado a epitafio, qué horror, tengo que revisar mi tendencia al drama).
Al final, todo esto tiene mucho de juego divertido. Os dejo con una linda postal de un Londres nevado y con dos canciones de dos maestros. Dos canciones tan bellas como melancólicas, eso sí (hoy me dio por ahí: es una cuestión de perspectiva).