1 de abril de 2013

Frío

La última semana ha sido rica en acontecimientos, así que no estaba seguro acerca de qué título ponerle a esta entrada. Pero me he decidido por el de "Frío" porque creo que resume muy bien una buena parte de mi experiencia londinense. Alguien podrá pensar que algún lapsus freudiano ha influenciado el título y posiblemente tenga razón. No voy a discutir por eso.
Pero elementos subconscientes aparte, la verdad es que la temperatura media del casi mes y medio que llevo aquí apenas debe superar los tres grados. Y no poca parte del tiempo hemos estado a uno-dos bajo cero o uno-dos sobre cero. Poco más. Lo que uno tiene ganas de verdad es de hibernar. Salir a la calle supone un esfuerzo cuanto menos mental. Y hacer cosas que en otras latitudes parecen tan comunes como salir a correr o a pasear uno ni se las plantea.
Puede que la razón sea que soy, al fin y al cabo, latino y mediterráneo. A la mayoría de los aborígenes (aquí, claro, los ingleses lo son, aunque no creo que les gustase ser llamados así) no parece afectarles. He visto gente nadando en piscinas al aire libre a las ocho de la mañana, invitadas a bodas con los hombros y el escote expuestos al aire helador de la noche, gente corriendo en pantalón corto... No son naves ardiendo más allá de Orión pero, ciertamente, llaman la atención.
El caso es que la temperatura es la que es y yo no puedo hibernar. Tengo que trabajar y construirme una vida en la que también haya espacio para el ocio y la amistad. Así que, ahí me tenéis, jugando al fútbol y tomando pintas a dos bajo cero. ¡A mi edad...!
Sin embargo, hay cosas que hacen que la temperatura suba. Probablemente tiene que ver con que, según dicen, la percepción del frío y del calor tiene mucho de psicológica. Así que esta Semana Santa ha sido cálida para mí en Londres. Vino a verme mi familia en forma de hermana, cuñado y dos sobrinos.
Resulta "cool" decir que la familia es un coñazo. Y muchas veces, la verdad, lo es. Pero también es una tabla de salvación afectiva. Y más cuando estás lejos. Sabes que perteneces a algo. Algo difuso, tal vez, pero algo. Sabes que hay alguien que se preocupa por ti. A veces demasiado. A veces de forma un tanto castradora, vale. Pero se preocupa. Y cuando pasan varios días seguidos en los que uno se siente un extraterrestre venido a menos, o un astronauta olvidado, es bueno saber que allá lejos, en Houston, hay alguien revisando los controles. Si mandan una sonda espacial con comida (o con tabaco a precio razonable, como es mi caso), el acontecimiento resulta ser, aunque trivial para la Humanidad, de primera magnitud para ti.
Lo malo es que, cuando la sonda y su tripulación parten de nuevo, tienes que volver a los vicios solitarios del astronauta y, además, tiendes a compadecerte contemplando el vacío que te rodea, que es más vacío que antes, aunque sea el mismo. Es entonces cuando notas que la temperatura ha bajado. Los visitantes se han dejado la puerta de la estación espacial abierta, claro. Vas a cerrarla y te quedas mirando la estela de polvo que la sonda deja atrás en su camino de vuelta a la tierra, suspiras, respiras hondo y, sin que el comandante de la estación interestelar lo sepa, te enciendes un cigarrillo y, antes de cerrar definitivamente la puerta, te escapas al pub más cercano a echar una pinta y sentirte menos marciano mirando el último partido del domingo de la liga española de fútbol.

(Atardecer a las puertas del aeropuerto de Heathrow o, si queréis un título más poético, "Estampa de la melancolía")


2 comentarios:

José Mª Pérez Gómez dijo...

Muy interesantes tus impresiones desde Londres. Un abrazo

Viviana Lorente dijo...

Tu linkedin me llevó hasta tu blog. Identificadísima con este post. Saludos.